domingo, 9 de diciembre de 2012

Apatía confesa

 Jorge Moch


No me interesa el relevo de poderes presidenciales porque es la misma farsa hipócrita, inmoral e impresentable de las últimas décadas, el puro guardar apariencias de presunta democracia, de que habitamos un país y no una franquicia, de que somos república independiente y soberana y no patio trasero, cliché, mal ejemplo mundial. No hay cambio de paradigmas ni castigo para delincuentes históricos. Qué flojera ver a dos tipos señalados por sus repetidas traiciones a todo lo que juran defender: la Constitución, la calidad de vida de los mexicanos, los intereses de la nación, escondidos a la medianoche en un recinto vedado al pueblo mexicano, a la prensa, a la verdad. Felipe Calderón Hinojosa llegó a la Presidencia de México por una trampa y salió a la medianoche por otro rincón. Qué me importa a dónde se vaya a vivir el infeliz, seguramente con miedo por el tiempo que le quede de vida, enano cobarde. De sus manecitas manchadas con la sangre de miles de mexicanos inocentes y culpables asesinados en pos de su impostura, Enrique Peña Nieto, después de una de las campañas electorales más sucias y tramposas que hayamos visto en los últimos cincuenta años, recibió el cargo mal habido de noche. De día lo protestó mientras afuera se armaba la gorda entre balazos de hule, gas lacrimógeno y bombas molotov que pronto sus corifeos achacaron a lo poco que queda de real oposición al neoliberalismo salvaje en este país. Si así llegó, quién sabe cómo se vaya a ir.

Me importan un bledo las crónicas estúpidas que hablan del enroque nefasto como si nada malo pasara, como si se tratara solamente del protocolario glamur de la política sin decir que es una política puerca, que esconde esquinazos para el pueblo mexicano, que los grandes intereses nacionales han sido trucados por los del mercachifle internacional, las desbocadas compañías petroleras, los bancos que pierden dinero en todo el mundo, pero en México reportan ganancias chupadas al sacrificio de millones de mexicanos que quizá eso merecemos, ser víctimas propicias por agachones y convenencieros. Qué asco, qué hueva leer los comentarios imbéciles de los que para quedar bien con el poder corrieron a reclamarle a López Obrador y a sus correligionarios los desmadres causados por vándalos que, sin embargo, muy genuinas razones de rabia tendrán ante tanto cinismo y tanta ratería. Qué me iban a interesar las crónicas de sociales que hablan de la bonita familia recién llegada a la residencia oficial de Los Pinos, si para una de sus integrantes yo no soy más que un pobre pendejo más de la prole que critica a su padre por sus turbios enjuagues políticos y de negocios o por haber sido candidato de utilería, maquillaje y teleprompter, diseñado en un foro de televisión.

Qué puedo encontrar de nutricio o de esperanzador en los nombramientos que tanto revuelo causan, si basta ver en la titularidad de la Secretaría de Educación, ese trono desde donde se dirigen las políticas educativas y culturales de este país que alguna vez se pudo jactar de eso, de sus educadores, a otro exgobernador del estado de México vinculado estrechamente –igual que ése al que hoy tenemos que llamar  “presidente”– al grupo de rufianes que encabeza el padrino de todos ellos, Carlos Salinas: Emilio Chuayffet Chemor, señero responsable de que un personaje oscuro y nefasto como Elba Esther Gordillo se enquistara en el sistema educativo nacional, engordara la tripa con las cuotas sindicales de los maestros de este país, de que los convirtiera en grupos de choque, en elemento de presión, en divisa electoral. Cómo creer que Chuayffet, en pos de la educación nacional, va a meter a saco a una de las más retorcidas operadoras políticas del pri que vuelve a sus anchas, con retóricas orladas de promesas, con lo que ellos llaman paso firme y muchos vemos como burda tropelía. Mejor ver un capítulo de Bob Esponja, un refrito de Los Polivoces, videos musicales, que las entrevistas a modo al impuesto presidente Peña, a sus cercanos colaboradores que ya gozan los usufructos del poder: la cartera de Gobernación, la de Hacienda, la de Comunicaciones, todas a modo y encaminadas hacia la felicidad de las chequeras de todos ésos, los que aparecen en las fotos y los que acechan en las sombras, en mullidos sillones en grandes despachos frotándose las manos, riéndose de nosotros, ésos a los que mi querido Paco Ignacio Taibo II clasificó con tino como unos perfectos perversos hijos de la chingada, y han vuelto, según parece, por sus revanchistas fueros.


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