miércoles, 18 de febrero de 2009
sábado, 12 de julio de 2008
Ladillas - ¡Estan Ganando Carajos!
Ladillas
¡Estan Ganando Carajos!
Por el Lic. Mefistófeles Satanás
¡Guerra, guerra sin tregua al que intente
De la patria manchar los blasones! – estrofa del himno
Tenemos tanta carga de decepciones los mexicanos (la selección, el fraude, etc.) y tan insistente es la imagen falsa que crean los medios que a veces ni nos damos cuenta de lo mucha pieza que semos. Toca a un chamuco pendejo decírselos: están ganando cabrones, los renegados son muy chingones.
Miren, el día de hoy Lupito (el chucho que regentea en el congal del Perdere) anuncio que consideran la deforma energética del enano como letra muerta “pero que hay que estar alerta por un albazo”. Que no se haga pendejo Lupito. Si alguien puede evitar un albazo no van a ser los Chuchos o el traidor de San Judas Cuauhtemoc, vamos, esos cabrones se abren de nalgas a las primeras. No, los que tendrían que estar alertas son las brigadas y los pocos diputados y senadores que no son traidores a la patria.
También anda el rumor de que se van a anular las elecciones en el perdere.
O sea, a partir del 16 de marzo, ustedes han estado hilvanando victoria tras victoria. Cierto, Encinas no se hizo de la silla, pero Nalga Izquierda tampoco. No es tablas: fue la primera vez en México que un fraude electoral no prospero. Eso constituye una victoria: se sentó un precedente, con la participación masiva de la gente y siendo vigilantes los fraudes no ocurren.
Y si se vuelven a convocar a elecciones ¿están dispuestos a volver a partirles la madre a los Chuchos? ¿Volverían a votar? ¿Llevarían sus cámaras de video otra vez a grabar el acarreo, la entrega de despensas, etc.? ¿Otra vez defenderían las urnas? Conociendo lo nobles que son los renegados espero que “si el clarín con su bélico acento los convoca a lidiar con valor” no fallaran. Mucho se ha sacrificado y avanzado para permitir que estos pendejos se salgan con las suyas.
Eso si, en caso de haber una segunda elección, mas vale que (1) no rasuren el padrón esta vez. Y (2) que quede en claro que se descalificaran las casillas milagrosas con mas votos que los votantes empadronados. Toca a la gente de Encinas asegurarse de que así sea. Si logran eso, creo que la participación de los renegados volvería a ser masiva.
Pero bien, hablaba de sus victorias y por que son ustedes mucha pieza. Miren, después del 16 de marzo le dieron un putazo al gobierno al tomar las tribunas y mandar a las Adelitas a bloquear las cámaras. Cebaron el albazo. Esa fue la segunda victoria.
Y es que con ello también forzaron la putiza, perdón, el debate que ahora todavía esta tomando lugar en el senado. ¡Y ya hay discusión en todo Mexico sobre el tema! A pesar del cerco mediático la gente se ha percatado –ustedes se han encargado de ello—de que al gobierno le están poniendo una putiza en el debate y que la deforma energética es un robo.
El debate y el brigadeo casa por casa causaron la tercera victoria: el PRI se arrugó. De por si están divididos. Pero Beltrones sabe que si son los culoprontos del PAN en las elecciones del 2009 se les va a acusar constantemente de ser unos traidores a la patria que entregaron PEMEX. Gentes como Bartlett y otros tienen mucho peso político dentro del PRI y no van a querer que les endilguen ese muerto. Si los Chuchos del Perdere se hacen pendejos y no machacan ese punto, tengan la seguridad que los medios alternativos y los renegados lo harán.
Don Beltrone, viejo zorro, se percató que la gente esta despertando con el brigadeo. No es posible hacer cochinadas en lo obscurito. Por eso don Beltrone buscó cualquier pendejada para deslindarse del PAN y ha hecho tanto alboroto con el espionaje. Insisto: ¡el PRI se arrugó!
Ahí las tienen: tres victorias:
(1) Evitaron que un fraude electoral prosperara
(2) Jodieron el albazo y forzaron los debates
(3) Están despertando a la gente y causaron que el PRI se arrugara.
Puta madre, en la historia de México, ¿cuándo no había prosperado un fraude electoral? ¿Cuándo se había detenido un albazo deseado por el partido oficial? ¿Y cuando el pueblo de México había hecho que el PRI se arrugara? Lo repito: son mucha pieza, cabrones.
La consulta será su cuarta victoria al hilo. Sin embargo, como se ha alertado, tienen que traer a los Chuchos a mecate corto. Ya andan tratando de sabotear la consulta. También, lo mas probable es que los Chuchos van a tratar de impulsar –de acuerdo con el PRIAN—un refrito de la deforma energética del enano y nos la van a querer vender como “nacionalista”. Váyanse a la chingada.
Sin embargo, cualquier plan que presente el PRIAN con o sin los Chuchos estará sujeto al escrutinio a detalle de la ciudadanía. Ya la gente le agarro gusto a andar discutiendo de política. No podrán vender espejitos por oro o hacer cochinadas en lo oscurito ansina como antes.
Si es necesario tomar las tribunas y bloquear el congreso para que se debatan una deforma del PRIAN o una deforma de los Chuchos o cualquier refrito que inventen los tres, ¡pos sea! Que no nos confundan: no hay costo político en las victorias. Entre mas se dilate esto mas tiempo habrá para seguir despertando con el casa por casa a la gente. Asi pues, que ni crean los Chuchos que podran vendernos un refrito. Conocemos bien lo traidores que son. Animo, y ¡aprestad el bridón!
miércoles, 9 de julio de 2008
Descubren Tortura de Policias de Transito en San Adolfo Hitler, Xalisco
El Chayote de San Adolfo Hitler, Xalisco
SACAN A LA LUZ VIDEO QUE MUESTRA A LA CHUCKY TORTURANDO A POLICIAS DE TRANSITO
El edil Amadeo Diosdado del Sagrado Corazón Delazco Calderón reconoció que el video que circula en Utube es autentico. “En efecto, tratábamos de endurecer a los policías de transito del municipio en caso de que los torturaran. No se quien fue tan irresponsable de darlo a conocer. ¿Qué no ven que con esto el narcotráfico va a identificar a la gente que da el entrenamiento? Ya ni la chingan. ¡Esto demuestra que ya es hora de censurar el Internet!”
El video muestra a una vieja bofa, identificada como la Chucky, que vestida de dominatrix ata a los policías de transito y les da de latigazos. En el audio se oye la siguiente conversación:
La Chucky: “A ver, ora si di viene viene…”
Transito: “…viene viene…”
(latigazos, aullidos de dolor)
La Chucky: “¿Tons que? ¿Me pase el alto?”
Transito: “Ay nanita, ¡no!”
La Chucky: “¡No sea coyón!”
(mas latigazos)
Transito: “¡No mas! ¡No mas!”
La Chucky: “Ah, pero ¿pos no tienes que juntar tu cuota para el presidente municipal?”
Transito: “Le juro por esta cruz, señora, que a mi me dijeron que esto era un curso de primeros auxilios.”
La Chucky: “Pos pa que aprendas, guey…yo soy maistra ansina que te enseñare…”
(mas latigazos)
Transito: “Por favor, ya párele señora, yo que chingaos…”
La Chucky: “No seas tan coyón. Luego, ¿qué si te secuestran los zetas?”
Transito: “¿Pa que chingaos me van a querer secuestrar si soy un jodido?”
La Chucky: “¡No me rezongue!”
(mas latigazos)
Transito: “¡Señito! Mire, traigo veinte pesos en la cartera. Tómelos por favor y déjeme ir.”
La Chucky: “Jijos, que coyón eres. ¿No te dijo el alcalde que vas a defender la civilización occidental contra los comunistas sin Dios? ¿No fuiste a misa el domingo?”
Transito: “Ay señito pos yo no se de esos trotes…el alcalde es el del Yunque…yo que chingaos…”
La Chucky: “¡No menciones al Yunque! ¡Ten pa que aprendas!”
(mas latigazos)
El edil municipal insistió, sin embargo, que hará una investigación a fondo y declaró “…le he pedido al hermano del Opus Dei, Soberanes, que encabeza la CNDH, que venga a hacerse pendejo con esto…”
domingo, 29 de junio de 2008
jueves, 26 de junio de 2008
Vamos Celebrando Carajos
Ladillas
Por don Menfis
Pos vamos pensando en la estatua. Y es que es hora que se den cuenta de lo chingon y fuerte que es el movimiento. Seria la manera de que ustedes mismos se dieran cuenta, aparte de restregarles en la cara el hecho a los PANazis. Dejen me explico...
¿Y de que estatua hablo? Bien, lo ideal seria si fundiéramos la del burro parado que afea Boca del Río o la del traidor Vidaurri que le pusieron ahi por Monterrey y que con estas se hiciera la que sugiero. Me refiero a una estatua que debe ser erigida en un lugar muy especifico: frente a la casona en Xicotencatl del senado o si no ahí, pos frente a San Lázaro.
La estatua representaría a tres mujeres –Adelitas—con los brazos entrelazados. Seria en recuerdo de la victoria del movimiento con la toma de tribuna. Y es que ya el panzon lombriciento Larios anda chillando de que “si no se hace en el 2008 nos lleva la chingada en el 2009”. ¿Y quien les chingo su albazo? Pos las Adelitas y los pocos legisladores con que cuenta el pueblo.
Asi pues, es hora de que las honremos. Y dirán ustedes: perate pinche chamuco, la guerra no se ha ganado. Cierto, pero el hacer esto es una forma de hacer la guerra. ¿Por qué creen que los fachos insistieron en hacer la estatua del burro parado o la de Vidaurri? Los símbolos, jóvenes, los símbolos, son muy importantes. ¡Que sepan los fachos que tan estamos seguros de nuestra victoria que ya reconocemos a nuestros héroes!
Y es que entiéndanlo: las Adelitas les pusieron una santa putiza a los fachos al cebarles el albazo. Y es mas, esta putiza no ha acabado pues forzaron los debates y les administran una putiza dos veces a la semana. Ya no quieren queso sino salir de la ratonera, aun ansina con el culo floreado y sangrante.
Entremos en los detalles, que ahí dicen que vivo. ¿Cómo se pagaría? Pos muy sencillo, con una especie de bofetada con guante blanco, cuanto billete de 20 pesos de esos que hizo el enano les caiga irlo donándolo a un comité, tal vez a cargo de los inteletuales (sic) como doña Elenita o alguien ansina, pa que no se claven la feria. Además que dóna Elenita ya escribió un libro sobre las soldaderas de la revolución. Con esta estatua se les homenajea a las de hace cien años y a las de hoy. ¿Qué como se consiguen los permisos? Pos si no los da --¡ja ja!—el gobierno federal pues el carnal Marcelo que los expida.
Una de las figuras debe de basarse en la clásica foto del Casasola (entre mas cabrona se vea mejor):

Y las de los lados pueden ser cualquiera de estas mujeres...noten lo que decia de los brazos entrelazados:

Sugiero sin embargo que por lo menos una de las mujeres sea ya una mujer de años y que la imagen de el gatazo a la senadora Ybarra de la Piedra, en recuerdo de los que tomaron la tribuna.
El caso es que deben mostrarse con los brazos entrelazados y dispuestas a todo. Y al pie de la estatua, pos falta una cita. Seria mejor dejar que la lira del pueblo sea la que la que adorne el pedestal con las inmortales letras:
“Popular entre la tropa era Adelita
La mujer que el sargento idolatraba
Y además de valiente era bonita
Y hasta el mismo coronel la respetaba.”
Y ya que el pueblo asuma el gobierno se haria ley que los senadores y diputados le tengan que poner una ofrenda floral cada aniversario del cerco, pa que no se les olvide a esos cabrones quien manda.
Love,
Menfis
martes, 24 de junio de 2008
Andanzas de Don Menfis
El Debate en el Senado
“¿De que le sirve a un hombre gobernar el mundo si pierde el alma?” – Mateo 16:26
Prologo
Si tenéis en vuestras manos estas letras malditas leedlas a sabiendas de que arriesgáis condena al hacerlo, pues estos son los menesteres de las andanzas de Mefistófeles Satanás, llamado el Conde de la Legión por los españoles, a los que acompaño a tierras americanas. Bien, ¿todavía insistís? Sea pues, os contare como no es la primera vez que la suerte de la nación mexicana se decide en un debate en un senado o que un hombre ambicioso se alía contra el resto de los mexicanos para servir a Castilla.
I. Maxiscaltzin
Los detalles de nuestra entrada a Tlaxcala los podéis encontrar en los escritos de Bernal Díaz del Castillo. Huelga decir que después de la derrota de Xicotencatl, se nos recibió de buena manera. Había en la republica tlaxcalteca un grupo de hombres que veían con beneplácito nuestra llegada. Otros, los de la facción del príncipe Xicotencatl, deseaban ofrecer nuestros corazones en los teocallis de sus dioses. Fue uno de los primeros, Maxiscaltzin, el que toco a mi aposento una noche.
“Entrad.”
El hombre vestía como un indio noble, con toga yucateca blanquísima y realzada con elegantes diseños geométricos, múltiples adornos de oro, plata, zapatos de cuero de víbora, y plumas de quetzal. Era de pocas carnes, no mal parecido, y frisaba en unos cuarenta años. Traía en sus manos un manojo de rosas, pues era afectación muy común aun entre los mas fieros guerreros mexicanos pasearse portando estas. Y el tufo de los europeos las había hecho articulo de primera necesidad, sin las cuales no era posible soportar su presencia. A excepción de la plumeria y las flores su porte me recordaba los altivos padres conscriptos que había conocido en el senado de Roma. Estaba solo.
“Zenobia, estaos quieta,” le dije a la loba negra que traia por mascota. El indio la vio receloso. “¿Y bien? ¿En que os puedo servir señor Maxiscaltzin?”
“Conocéis mi nombre y habláis el mexicano. Ya decía yo que no sois como los otros teules.”
“¿Teules? Esa chusma que me acompaña ciertamente no son dioses.”
“¿Y vos? No lo neguéis. Vos no sois humano. Los sacerdotes del templo de Quetzalcoatl hicieron la señal contra el mal del ojo al veros. Y sois el único entre los de Castilla que se baña.”
“Los sacerdotes de Quetzalcoatl son sabios. Es dado a algunos mortales reconocerme. ¿Qué deseáis de mi?”
“¿Qué veis en mi alma?”
“Vuestra aura brilla en forma distorsionada…ah, es la ambición la que os motiva. Sois uno de los principales del senado de esta republica. Sin embargo, para vos no es suficiente ser primus inter.pares. Ambicionáis el mando absoluto. Adivino que alguna vez fuisteis hombre bueno. Bien, la vuestra es una vieja historia y no por vieja menos trágica.”
“¿Por qué decís eso?”
“Los hombres dejan de ser buenos al ambicionar gobernar a otros hombres. Bien, me imagino que queréis saber como saciar vuestra ambición.”
“Habéis leído mi alma a la perfección.”
“Os advierto que el resultado no será tal como lo deseéis.”
“Sea.”
“Bien. No tenéis que hacer nada. Ya encabezáis la facción que apoya a Castilla en estas tierras. Continuad así y eventualmente seréis señor de Tlaxcala.”
“¿Será mi voluntad ley?”
“No veréis a nadie alzarse contra vos en esta ciudad.”
Al dia siguiente nos disponíamos a salir rumbo a la Gran Tenochtitlan. Vide al indio entre los principales de Tlaxcala. Desde mi corcel negro le pregunte: “¿Todavía queréis hacer lo convenido, señor Maxiscaltzin?”
“Si,” respondió el hombre. Los ojos le brillaban.
Apunté al volcan que se veia a oriente. “Subid al Matlalcuéitl (volcan La Malinche) y ofreced un sacrificio.”
“¿A que dios?”
“A ninguno. Dios no tiene nada que ver con esto,” y espoleando a mi corcel y con Zenobia siguiéndonos me uni a la columna española.
II. En Retirada
Meses después, vagábamos yo y los castellanos por el altiplano mexicano. Estábamos derrotados, desmoralizados, dispersados: eran los días posteriores a la Noche Triste.
“Señor Conde de la Legión,” me dijo Cortes, “¿cree vuecencia que este indio es de confiar?”
Frente a nosotros se encontraba un indio macilento que se había ofrecido a ser nuestro guía. Zenobia le gruñia y el hombre nos miraba con espanto.
“Señor capitán, os aseguro que si lo seguimos llegaremos a nuestro destino.”
“¡Ja!” se rio el extremeño. “Os conozco ya bien, señor conde. Sois como el oráculo ese que le hablo a Creso. Vuestras palabras son ciertas y falsas a la vez, sujetas a una interpretación muy cuidadosa. Se bien que el destino de todos los hombres es alimentar los gusanos. Quiero que me digáis si en verdad este indio nos llevara de regreso a Tlaxcala.”
“Adivino que si sabe el camino y que no nos ha mentido hasta ahora. Las montañas nevadas están al occidente ya. En algún lugar al norte de nosotros está Tlaxcala. Sabed sin embargo que una columna mexicana nos sigue los pasos de cerca.”
“Bien, ¡Alvarado! ¡Venid!”
“Dígame capitán.”
“Los heridos, Alvarado, encargaos de ellos. Tenemos que aligerar el paso.”
Contemple la escena sin decir palabra. Alvarado había sacado su cuchillo, el que los españoles llamaban “de misericordia” y se disponía a despachar a los heridos.
“¿Qué opináis, señor conde?” me preguntó Cortes.
“Que yo hubiera hecho lo mismo, señor capitán.”
Mientras tanto, en el palacio de Axayacatl, el nuevo tlatoani y vencedor de Cortes, Cuitlahuac, examinaba un yelmo español. Frente a él estaban los tlanatimimes o ancianos de la Casa Negra. Eran estos el conclave de sabios que aconsejaban al emperador mexicano.
“Es durísimo,” dijo el tlatoani.
“Cierto, mi señor,” respondió Cacama, tribuno de la legión de los caballeros águila. “Sin embargo, algunos castellanos se han desembarazado de estas corazas y se visten con petos de algodón como el resto de nosotros. Son mas ligeros y ayuda a confundirlos entre sus indios aliados.”
“¿Dónde se encuentran ahora?” preguntó el emperador.
Los tlanatimimes desplegaron un mapa de Anahuac hecho en papel de amate.
Cacama trazó con su mano la ruta seguida por los españoles en su huida. “Han rodeado los volcanes. Tratan de tomar rumbo al norte, rumbo a Tlaxcala. Los sigue de cerca una legión.”
El tlatoani contemplo el mapa. Su dedo se posó sobre el punto donde se encontraba la columna española. Los dibujos se confundieron. Cuitlahuac tembló y casi se desmayó.
“¿Está bien mi señór?” preguntó el petlalcalcatl o gran chambelán de la corte mexica.
“Con su venia, mi señor,” dijo uno de los tlanatimimes poniéndole la mano en la frente. La piel ardia y estaba muy seca. El anciano lo contemplo con preocupación. “Mi señor debe descansar.”
“Tiempo sobrara para descansar en el Mictlan (mas alla),” dijo el tlatoani sentándose pesadamente en una silla. “Señores, si nuestras legiones los alcanzan y los acaban cuanto mejor. Sin embargo, no podemos confiar en que así será. Tenemos que utilizar la diplomacia. Señor Macuilxochitl…”
El cacique de Huitzilopoxco se aproximo e hizo una caravana respetuosa. “Vos sois tan sutil como la serpiente. Os pediré que encabecéis una embajada, a Tlaxcala, ofrecedles una alianza contra Castilla. Confió en vuestra sagacidad y astucia. Unidos, Tlaxcala y Tenochtitlan, seremos invencibles y podremos extirpar a los castellanos de estas tierras.”
IV Sacerdotes y Adversarios
Los embajadores llegaron a Tlaxcala un par de días después. Acompañando a Macuilxochitl, el jefe de la comitiva, estaban el príncipe Cacama y Cipactli, el maestro mayor de la Casa Negra.
Los tlaxcaltecas los recibieron con toda clase de cortesías. La persona de un embajador era sagrada en el México de la antigüedad. Después de todo, ¿no habían los dioses causado la destrucción de Cholula después de que estos habían vejado a Platahuatzin, enviado de los de Tlaxcala?
“Señores embajadores,” les dijo el petlalcalcatl tlaxcalteca, “sed bienvenidos. Seréis alojados aquí en el palacio del senado. Mañana se os recibirá en sesión formal y podeis presentar vuestra embajada.”
“Señor petlalcalcatl,” dijo con cortesía Cacama, “¿podeis presentar mis respetos al príncipe Xicotencatl? Somos viejos adversarios.”
“Tal haré, mi señor.”
Esa noche los embajadores recibieron varias visitas. Primero se presentaron los sacerdotes de Quetzalcoatl, pidiendo hablar con Cipactli.
“Maestro,” le dijeron los sacerdotes mientras hacían reverencia, “recibimos su solicitud. Traemos los escritos que vos nos pidió.”
“Gracias hermanos,” respondió Cipactli. “No quedan mas que unas horas de luz. ¿Podéis proveerme de antorchas esta noche y los servicios de un tlacuilo (pintor de códices) y alguien que me ayude a interpretar los xiuhámatl (cronicas) y teucuicatl (cantares)?”
“Os prestaremos a Ollinatl, es nuestro mejor discípulo y su dedo fluye sobre el papel como el agua interpretando los escritos.”
También se presentó el príncipe Xicotencatl con Cacama.
“Señor,” dijo Xicotencatl, “veo que habéis sanado.”
“Principe, vuestra macana es certera pero mi cráneo es duro.”
“Siento lo de su ojo.”
“Menesteres de la guerra, príncipe. Si mi escolta no me hubiera rescatado no estaría aquí. Escuchadme: no os pediré que traicionéis a vuestra ciudad. Pero, decidme, ¿habéis visto a los de Castilla recientemente?”
“Vagan por el sur, no creo que traiciono nada si os informo de lo que vuestros exploradores ya sabrán. Vienen muy malheridos y diezmados. Fueron alcanzados por una columna de vuestros guerreros. Pero si siguen con vida eso indica que la victoria no fue de los mexicanos.”
“Podéis adivinar a lo que venimos.”
“Si, ofreceréis una alianza. Solo os dire una cosa. Cuidaos de Maxiscaltzin.”
“Entiendo. ¿Y vos?”
“Con gusto hundiría mi macana en el cráneo de Malinche (Cortes). Ojala que no sea tan duro como el vuestro, ¡ja ja! Sin embargo, sabed que si mi ciudad se decide por otro rumbo, tendré que servirle fielmente.”
“Quieran los dioses que no tengamos que enfrentar a vuecencia y a vuestros guerreros otra vez.”
V Trofeos de Guerra
“Senadores,” anunció el petlalcalcatl, “los embajadores mexicanos.”
Entraron al foro los embajadores, encabezados por Macuilxochitl. Traían varios cargadores que portaban ricos regalos, artículos de oro y plata y de plumeria, finísimas vestimentas, costales de cacao y otras finezas. Todas estas fueron depositadas frente a los ancianos de Tlaxcala.
“Señores de Tlaxcala…hermanos…” comenzó Macuilxochitl.
Hubo un murmullo de desaprobación.
“Si, me atrevo a llamaros así, a pesar de lo mucho que nos ha separado...”
“¡Sangre! ¡Rios de sangre!” se oyó una voz entre los senadores.
“Es de sabios cambiar. Entended primero que no venimos aquí a postrarnos ante ustedes. Las armas mexicanas han derrotado a los de Castilla.”
Maxiscaltzin se paró. “Mexicanos, venís a ofrecer palabras de amistad. Se ha respetado vuestras personas, como lo aconsejan las leyes de la civilización. Sin embargo adivino que seguís tan altivos y orgullosos como siempre. Anunciáis que habéis derrotado a los de Castilla. Nosotros hemos sido testigo de la fiereza y armamento de estos castellanos. Montan unos como venados a cuyo paso causa la tierra temblar. Y se hacen acompañar de unos fieros mastines inmisericorde y entrenados para la guerra. Y sus armas matan a distancia. ¿Y aun así decís que los habéis derrotado? Señor Macuilxochitl, sois conocido por vuestra sutileza aunque hoy no dais muestra de esto. Me atrevo que tal vez vuestra interpretación de los hechos deja mucho que desear.”
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“Señor Maxiscaltzin, os aseguro que no me ofendéis al poner en duda lo que digo. Aplaudo vuestra cautela, vuestra prudencia vela por vuestra ciudad. Pero sabed, tlaxcaltecas, que no es necesaria la sutileza cuando se habla con el corazón. Traigo el testimonio de la derrota de estos europeos. Príncipe Cacama, por favor…”
Cacama hizo una señal a su escolta de caballeros águila y estos pusieron unos bultos frente a los senadores. Cacama los fue destapando. Eran las cabezas de varios caballos, mastines, y doce castellanos. Los senadores contemplaron los horribles trofeos con azoro.
“¡Tlaxcaltecas!,” explicó Maxiscaltzin, “antes de nuestra salida estas cabezas adornaron el templo de Huitzilopochtli. Las hice ahumar para poder traerlas aquí y mostrárselas. Ved las barbas y los cabellos rubios en varios de ellos. Ved los venados que montaban y los perros de guerra que los acompañaban. ¿Dudáis todavía de mis palabras? Como veis los de Castilla se les puede derrotar. No son ciertamente dioses. Son hombres. El príncipe Cacama mató a tres.” El príncipe les mostro su macana tinta con la sangre seca de Castilla.
“Ancianos, padres, con su venia,” dijo el príncipe Xicotencatl parandose.
“Hablad,” ordenó Maxiscaltzin.
Xicotencatl caminó entre los trofeos y sostuvo un craneo español en sus manos. “Solo soy un guerrero. Mi lengua es torpe, acostumbrada mas bien a gritar ordenes en un campo de batalla que hablarle a los ancianos. Solo os diré una cosa. Los de Castilla se encuentran a unas leguas al sur de la ciudad. Tengo mi legión, los mejores guerreros de esta ciudad, aguardando mis ordenes. Sabed que están ansiosos de venganza. ¡No serán los tlaxcaltecas menos que los mexicanos! Guiare a mis hombres contra los de Castilla. Dejad que mis hombres adornen los templos de nuestros dioses con las testas de los de Castilla. Antes de caer el sol serán hombres muertos. Dadme vuestra venia ¡y los de Tlaxcala marcharan!”
Los murmullos de aprobación se empezaron a oir entre los senadores.
Maxiscaltzin se paró. “¡Senadores! ¡Tlaxcaltecas! Escuchadme. No tomemos decisiones a la ligera. La suerte de esta republica está en juego. Seria irresponsable tomar una decisión ahora mismo. Y usted, príncipe Xicotencatl, sentaos. Ya se os derrotó una vez, ¡sentaos insisto! Dejad que los ancianos ponderemos que acción tomar.”
Xicotencatl hizo una reverencia. Al dirigirse a su asiento su vista y la de Cacama se cruzaron.
“Bien, señor Macuilxochitl,” continuo Maxiscaltzin, “vuestra evidencia es ciertamente impresionante. Pero dejemos estos menesteres que tanto enardecen la sangre de los jóvenes. Hablemos entre los viejos. Específicamente, ¿qué le ofrecéis a Tlaxcala?”
VI La Viruela
“Os ofrecemos una alianza, contra Castilla,” explico Macuilxochitl.
“¡Ah! ¿Suspenderéis la guerra florida?” preguntó con sorna Maxiscaltzin. “La sangre de nuestros hijos la habéis derramado con entusiasmo sobre los altares de vuestro Huitzilopochtli. ¿Cómo es que si estáis tan ciertos de vuestras fuerzas estáis dispuestos a abandonar el camino que Tlacaélel os indico? Senadores, os recuerdo que solo la serpiente muda de piel. ¿Cuántos de ustedes no han perdido hijos en la guerra florida?”
“Os repito, tlaxcaltecas, que hablo con el corazón. Ved mi rostro. Si venimos a hacer tal oferta es porque el peligro que se ciñe sobre Anahuac es tal que nos tiene que unir a todos.”
“¿Y Tlacaélel? Y los altares ensangrentados?” insistió Maxiscaltzin.
“Tlacaélel lleva ya muerto cincuenta años, señor Maxiscaltzin. Nuestro dios puede encontrar victimas en otros lares. Es precisamente por la vida de nuestros hijos que vengo a presentaros esta propuesta. Escuchad lo que os dirá el sabio Cipactli.”
Acompañado por Ollinatl, Cipactli empezó a sacar unos papeles de amate. “Con vuestra venia, senadores,” dijo Cipactli haciendo una reverencia. “Soy conocido entre los sacerdotes tanto de Anahuac sino hasta en las tierras del Mayab y en las de los tarascos. En la Casa Negra tenemos escribas que recopilan datos por medio de los cuales interpretamos los portentos. Lo que os vengo a advertir es corroborado también por los sacerdotes de Quetzalcoatl de esta republica.”
“¿Los de Quetzalcoatl han tenido contacto con usted?” preguntó Maxiscaltzin con dolo.
“Señor Maxiscaltzin, los estudiosos de Anahuac estamos por encima de las rencillas políticas. Con todo respeto os digo que no merecen vuestros sacerdotes que se insinué que no son patriotas. Mirad, las crónicas indican que estos hombres de Castilla se apersonaron por primera vez en las tierras del cacique Kam Pech (Campeche) aproximadamente hace diez años. Coinciden estos primeros contactos con los reportes que los matemáticos al servicio de los príncipes de Xiu (familia noble de Yucatán) nos han hecho llegar a través de nuestros pochtecas.”
“Es bien sabido que tenéis espías en todas partes,” dijo Maxiscaltzin.
“Tenemos corresponsales para menesteres científicos, señor Maxiscaltzin, esos los tenemos, aun en las tierras de los chichimecas. En donde quiera que haya un hombre que quiera entender a los dioses y al mundo tenemos a un hermano. Os repito con todo respeto que los tlanatimimes solo buscan la verdad y preferimos no involucrarnos en la política. Los pochtecas sirven tan solo de correo. Bien, al presentarse estos hombres de Castilla también comenzó una enfermedad mortal. Se caracteriza por la formación de pústulas supurientas (viruela). Es invariablemente mortal. Los pocos que la sobreviven quedan desfigurados.”
Los senadores intercambiaron miradas. Ya se habían declarado algunos casos de viruela a raiz de la llegada de los españoles.
Cipactli mostro un mapa de Anahuac. “Esta enfermedad ha venido en oleadas. Tenemos evidencia de que causo gran mortandad entre los chontalpas. Hay ciudades en el mayab que han sido despobladas. Hubo un interludio y una nueva oleada vino desde tierras guatemaltecas. Tenemos reportes de que los de Castilla también han desembarcado mas al sur. Tened, leed las crónicas, aquí están para vuestra consideración. Senadores, la evidencia es incontrovertible. Los de Castilla traen la enfermedad. A menos que sean destruidos, esparcirán la muerte y la desolación en estas tierras. Este peligro nos hermana. Por nuestros hijos, tlaxcaltecas, unámonos para extirpar la estirpe venenosa de Castilla.”
“Creo que los brujos ya han hablado lo suficiente,” anuncio Maxiscaltzin rechazando con desprecio los códices que se le ofrecían. “Mexicanos, retiraos por favor y os haremos saber nuestra decisión.”
A la mañana siguiente los embajadores mexicanos iniciaron el camino a Tenochtitlan. Según les había filtrado Xicotencatl, el senado había debatido arduamente hasta muy entrada la noche. Sin embargo, las promesas y amenazas de Maxiscaltzin los habían intimidado. Tlaxcala si aceptaría una alianza, pero solo y siempre y cuando no fuera contra Castilla. No iban a permitir ser insultados con tal respuesta los dignos y altivos embajadores mexicanos y Macuilxochitl dio la orden de retirarse. Al regresar encontraran que la viruela ya hacia estragos entre la población de la Gran Tenochtitlan. El mismo Cuitlahuac había muerto de esta enfermedad.
Epilogo
Muchos años después, asistí a la fiesta del Corpus que se celebraba en la nueva catedral de Tlaxcala, erigida sobre el teocalli de Quetzalcoatl. Al terminar la misa encontré en la puerta de la catedral a un indio viejo y ciego mendigando limosna. Estaba este sucio y vestía harapos.
“Señor Maxiscaltzin, que gusto reconocerlo,” le dije.
“¿Quién sois? No se me ha llamado por tal nombre en muchos años. Me hice bautizar como don Pedro.”
“En efecto, y os aliasteis con entusiasmo con los de Castilla. ¿Reconocéis mi voz?”
“¡Oh Dios! ¡Ya os recuerdo! Sois un mentiroso. Vedme.”
“¿Mentiroso? ¿Por qué? ¿No llegasteis a ser encomendero de esta ciudad? ¿No era vuestra palabra la ley?”
“Os burláis de mi. Sabed que si, la llegue a gobernar. Pero gobernaba sobre un cementerio. Apenas comenzaba mi reino que la viruela nos diezmo. Mis hijos, mis esposas, toda mi familia murió. Yo sobreviví a la enfermedad pero quede ciego.”
“En tal caso os dije la verdad. Os predije que no veríais a nadie alzarse contra vos. ¿No es cierto?”
“¡Me atormentáis! Los españoles mismos, esas víboras ingratas, se ensañaron sobre de mi y me quitaron del trono. Y ciego y sin familia no tuve quien me protegiera. ¡Dios mío!”
“¿Añoráis la muerte?” saque mi cuchillo de misericordia y puse la punta de este en su cuello.
“Seria una caridad.”
“Cierto. Y vos no la merecéis,” dije guardando mi cuchillo mientras me dirigí adonde mi corcel y mi loba aguardaban. Deje al hombre gimiendo y llorando en el dintel de la catedral.
Fin
sábado, 21 de junio de 2008
El Loco de la Cueva
El Loco de la Cueva
La derecha suele argumentar que Iturbide es el verdadero consumador de la independencia. Quisieran reemplazar al cura Hidalgo y a los insurgentes con Iturbide. Yo digo que el México independiente nació solo cuando un fulano medio loco y terco salio de una cueva y lo probare aquí. Estas notas se las pongo para que entiendan como fue que la independencia tomo lugar.
I. Los Asturianos
Figuro prominentemente, del lado español, el regimiento de Asturias en las batallas por la independencia de México. Se le encuentra en Puente de Calderón y en el sitio de Cuatla. Pocos eran los cuerpos europeos en el ejercito del virrey. La mayoría eran mexicanos. Los oficiales eran criollos (Santa Anna, Iturbide) o peninsulares (Venegas, Calleja). La independencia era una guerra civil con una presencia casi minima de peninsulares.
En 1813, al declinar las fortunas del corso (Napoleón) este, asediado por Prusia, Austria, y Rusia, ordenó la evacuación de España. José Bonaparte, al que los españoles llamaban Pepe Botella por lo borracho, se rehusaba a perder su trono (“le honour de la France” y que se yo). Presiono al mariscal Jourdan a que presentara una ultima batalla a los aliados –ingleses, españoles, y portugueses—al mando de Wellington. Jourdan se oponía, el ejercito no estaba en condiciones argumentaba, pero se tuvo que plegar a las exigencia del “hermano incomodo”.
Aquello, Vitoria, fue un desastre. Huyendo en el camino a Francia, Jourdan alcanzó el carruaje de Pepe Botella (el cual ya agarraba la peda para olvidar la derrota) y le espeto: “…bien, monsieur, ya tuvo su excelencia su batalla y como ve nos cargó el diablo, ojala este usted satisfecho…”
Libre del yugo napoleónico, España mandó los llamados “regimientos expedicionarios” a la Nueva España. Tenían buen armamento, eran tropas veteranas, y contaban con una oficialidad entendida en los menesteres de la guerra. El regimiento de Asturias recibió con beneplácito la noticia de que regresaría a la península.
Sobrevivía en la capital de la Nueva España una clase de criollos ilustrados, de ideas progresistas: Ramos Arizpe, Quintana Roo, Leona Vicario, Fray Servando. En mas de una ocasión ellos esconderían a un patilludo perseguido. La Inquisición, el CISEN de entonces, los vigilaba celosamente. Seria una ficción romántica el pensar que la oficialidad del regimiento de Asturias los conoció o asistió a sus tertulias. O que tal vez les cayeron los escritos del Congreso de Chilpancingo o oyeron las ideas libertarias de los insurgentes (antes de fusilarlos, pues los asturianos no tenían misericordia).
Lo que si es cierto es que los hombres cambian. Y más cambian después de conocer la Nueva España, tan lejos del rey, de la iglesia, y de Dios mismo. El caso es que los asturianos regresaron cambiados a la metrópoli y eran conocidos como un regimiento levantisco e infectado de ideas “liberales”. Esto no placía al rey Fernando
El caso es que el primero de enero de 1820 el coronel Riego se pronuncio al mando de los asturianos pidiendo la restitución de la constitución “liberal” de 1812. El cuartelazo fue un éxito. Muy a regañadientes Fernando
II. Las Cortes
Y entre las primeras medidas adoptadas por las Cortes (el congreso español) se encontraba la retirada del fuero militar. Es decir, los soldados al cometer brutalidades contra la población (el de Asturias había presenciado y participado en muchas de estas, tal vez la conciencia le molestaba) serian juzgados en cortes civiles.
En la Nueva España para ese entonces solo quedaban las cenizas del fuego que inicio el cura de Dolores. Solo unos cuantos patilludos –Vicente Guerrero, Nicolás Bravo, y otros—se encontraban todavía en armas. Don Guadalupe Victoria vivía en una cueva en las cumbres de Maltrata y tenia por tropas tan solo un par de indios con machetes y aun así persistía en su lucha. Era pues, una lucha sostenida por pura terquera y sin esperanza de victoria. Los regimientos expedicionarios y el ejército realista eran dueños de la mayoria del territorio de la Nueva España.
Al saberse que se les retiraba el fuero militar los militares realistas empezaron a murmurar. Soplaban vientos de fronda. Las Cortes, se decía, eran demasiado “liberales”, lo que hoy se llamaría “izquierdistas”, eran un peligro para España. Minaban la autoridad del rey, ¡Josu! ¡Mira que juzgarlo a uno por hacer escarmientos para intimidar a la población!
Las Cortes estaban tercas en llevar a España al siglo XIX y su siguiente paso fue abolir el fuero eclesiástico. Si un cura cometía un crimen seria juzgado como cualquier otro hijo de vecino. ¡Arde Troya! Los conclaves conspiratoriales de los militares empezaron a recibir la visita de clérigos. Había que hacer algo.
Los ojos de estos conspiradores cayeron sobre el coronel Agustín de Iturbide. Gozaba este de las simpatías tanto del ejército como del clero. Conocido por su crueldad y rapiña, tenía mucha cola que le pisaran si las Cortes empezaban a investigar los abusos contra la población civil. Y bien conocida era su mochez: olía a incienso. En Iturbide se estableció el prototipo del nazi prieto mexicano: ladrón, irrespetuoso de los derechos humanos, y de doble moral.
Los conspiradores militares y eclesiásticos acordaron con Iturbide, recién nombrado comandante del ejército del sur, que este se alzaría y proclamaría la independencia. Todo con tal de no estar bajo la férula de las Cortes y sus leyes “liberales”. Los criollos de derecha seguirían mangoneando. Si España quería irse al siglo XIX, los criollos de la Nueva España estaban firmes en su determinación de no abandonar el XVII.
Había un problema: los once regimientos expedicionarios llegados de España, la mayoría surtos en la Ciudad de México. Estaban bien equipados y sus tropas no eran de menospreciar. Y Venancio estaba armado hasta los dientes y le seguía siendo fiel a España.
El ejército realista de Iturbide les podía oponer siete regimientos de regulares y 17 de milicianos. Pero estos estaban bastante mal armados. Once años de guerra habían destrozado la economía de la Nueva España. Muchos de estos regimientos realistas no habían recibido su paga en meses. El gobierno virreinal no tenia ni un quinto.
Iturbide sabia que solo con el ejército realista no podría derrotar a los once regimientos expedicionarios. Al momento de alzarse estos le aplicarían el garrote. Había que encontrar a alguien que fuera aguerrido, que no les tuviera miedo a los españoles, y que estuviera dispuesto a hacerse matar por la independencia sin esperar ni un quinto. La respuesta era obvia: Iturbide necesitaba a los insurgentes.
IV. Los Patilludos
Los enviados se dirigieron a las montañas del sur y empezaron a buscar a don Vicente Guerrero. Era don Vicente un mulato de la tierra caliente que conocía las selvas y montañas del sur como la palma de su mano. Sus tropas, los pintos, no se arrugaban y eran todavía muchos. Igual que Guerrero, algunos habían estado peleando desde 1810.
Y no era para nada pendejo don Vicente: de otra manera no habría sobrevivido tanto tiempo. Como los coyotes, husmeo el ofrecimiento con recelo. Solo a fuerza de mucho chiquearlo, de proveerlo de armas, pertrechos y dineros como muestra de buena voluntad, fue que Iturbide lo convenció. Los dos caudillos se abrazaron en Acantepam.
Poco a poco se unieron los otros jefes insurgentes. Don Guadalupe Victoria, sin embargo, nunca claudico. Nunca, respondió don Lupe, se uniría a un ejército encabezado por ese hijoeputa, Iturbide. Mejor seguiría peleando por su causa a su manera, así fuera solo y armado nada más que con un machete.
El llamado “independentista” de Iturbide cundió en toda la Nueva España. Los jefes militares del ejército realista y los curas lo apoyaron pues sabían que, en la práctica, les concedía inmunidad. De otra manera las Cortes de la metrópoli los iban a juzgar por sus crímenes.
El virrey, Conde del Venadito, titubeo y se vio débil. El mariscal Novella, al mando de los expedicionarios lo depuso. (“¡Hostia! ¡Que no tenéis huevos!”) En efecto Novella y sus gentes estaban sitiados. Toda la Nueva España se había pronunciado por el plan trigarante de Iturbide. (“¿Y que? ¡Me cago en la virgen, que Cortes también estuvo sitiado!”)
Novella ciertamente estaba dispuesto a iniciar una reconquista. Sin embargo, necesitaba dinero. Lo exigió al ayuntamiento de la Ciudad de México y este se negó: las arcas estaban vacías. Fue entonces que se apersono en Veracruz el nuevo virrey, don Juan de Odonoju.
Era don Juan bien conocido en los círculos “liberales”. Amigo de Ramos Arizpe y los otros “intelectuales de izquierda” de la Nueva España, consultó a estos. El resultado, le aconsejaron, seria otro baño de sangre que acabaría de destruir a la nación. (“La independencia es un hecho consumado, don Juan, aun si es hecha para evitar que juzguen a unos pretorianos y a unos curas rapaces. Deje su excelencia que nos rasquemos nuestras propias pulgas y a la larga meteremos en cintura a estos hideputas.”)
Odonoju accedió a firmar los Tratados de Cordoba. Se creaba el imperio mexicano, bajo la tutela de una regencia (que incluía al arzobispo y otros criollos de derecha), nominalmente bajo el mando del rey Fernando
¿Y los insurgentes? Pues habían apoyado a Iturbide con tal de quitarse de encima el yugo español. Sin embargo, el resultado fue la formación del primer gobierno de derecha de México. No tardo Iturbide en proclamarse emperador y empezó a gobernar a lo pendejo, como parece ser el patrón de todos los gobiernos de derecha.
V. El Primer Gobierno de Derecha
Empezaron las persecuciones de los insurgentes o de todo aquel que no se considerara leal a su majestad el emperador. Las pocas entradas del erario se las gastó Iturbide en francachelas, contratos para los amigotes, y uniformes recamados de oro. Las deudas se acumulaban. El bandidaje se extendía. La economía languidecía. No había empleos. Y, como ave de mal agüero, se presentó en México un tal Poinsett, enviado del gobierno yanqui, para hacer unas propuestas sobre una provincia olvidada del norte, Tejas. Si Iturbide viviera hoy, definitivamente seria del PAN.
Los insurgentes se replegaron a sus montañas, a esperar, que tarde o temprano el imperio de pacotilla caería por su propio peso. Don Guadalupe Victoria mientras tanto, en su cueva, juntaba armas y pertrechos.
Un buen dia se le presentó ante la cueva Santa Anna.
Santa Anna: “Baje ya don Felix.” (El verdadero nombre de Guadalupe Victoria era Félix Fernández.)
Victoria: “¡No me rindo! ¡Patria libre o muerte! ¡Entrenle cabrones!”
Santa Anna: “Ya no hay lucha, don Félix. Ya cayó Iturbide. Proclamé la republica.”
Victoria: “¿La republica? ¿Tiene usted idea de que es eso?”
Santa Anna: “Realmente no tengo ni una puta idea, pero el caso es que pos ya valió Agustín. Es mas, los otros jefes de la revolución, Guerrero, Bravo, y yo estamos de acuerdo en que usted sea presidente. Usted nunca se ha vendido ni tiene cola que le pisen.”
Victoria: “Bien, si insisten. Ya le había agarrado cariño a mi cueva. ¡Sea! A ver como diablos nos va.”
Santa Anna: “¿Pos que mas peor que con un pendejo como Iturbide en la silla? Ya peor no nos puede ir.”
Victoria: “Ojala este usted en lo cierto…”
jueves, 19 de junio de 2008
El Último Reducto

El Último Reducto
“En el amate asentaron
Lo que ellos recordaron
De aquellas memorias añejas
Surgieron las sombras viejas
Para que el futuro no los olvide
Pues el sabio recuerda y decide”
Hicieron brecha los invasores en Nonohualco. Ya flaqueaba la defensa. Habian caido muchos guerreros. Se teñia de sangre la laguna. Alertado, se presentó ahí Tzilacatzin con dos guerreros mas: Tzoyectzin y Temoctzin. Y se abalanzaron sobre el enemigo. La hazaña de esos tres guerreros no la borraran los siglos.
Se vieron las macanas de los tres guerreros, cubiertas de sangre y de sesos, subir y caer sin compasión sobre las cabezas del enemigo. Y como Aquiles buscando a Héctor ante Troya, Tzilacatzin buscaba al Malinche (Cortes) retandolo. “¿Dónde estáis Malinche? ¡Dadme la cara!” gritaba el guerrero.
Vio Tzilacatzin a un capitán español montado a caballo. Se abrió paso el guerrero matando sin misericordia. El español lo vio, y adivino en él al ángel de la muerte. Gritando “¡Santiago!” el jinete espoleo y le echo encima su corcel. De un solo golpe Tzilacatzin tumbó al caballo. Luego le asesto tal macanazo en la cara al jinete que cabeza y yelmo rodaron.
Horrorizados, los españoles y sus indios aliados huyeron en desbandada. Pero, ¡oh dioses ingratos!, el jinete caído no era Cortes. Así quedaron solos en la brecha los tres guerreros, indómitos, de pie. Al amanecer del día siguiente, los rayos del sol cayeron sobre las cabezas equinas y de Castilla que adornaban los altares de los dioses.
Cayó Tenochtitlan y el emperador fue hecho prisionero. Pero las murallas de Tlatelolco, el último reducto, seguían en pie, con Tzilacatzin entre sus defensores. Les dijo el guerrero a los tlatelolcas: “¡Gran honor es tener por mortaja la ciudad de nuestros padres y abuelos!” Y así aguardaron serenos el último asalto del invasor.
A esto aluden Nuno y Bocanegra en una estrofa olvidada:
“Y sus ruinas existan diciendo:
De mil héroes la patria aquí fue.”
Un dos de octubre, la mejor sangre de México volvió a cubrir esas ruinas tlatelolcas. Los mayas de la antigüedad reconocían patrones recursivos en el tiempo. Patrones, aclaro, más no determinismo o inexorabilidad. Los valientes pueden cambiar el destino y corregirle la plana al dedo de Dios. Ese es el juicio unánime de los antiguos.
El último reducto de la nación mexicana es hoy PEMEX. A diferencia de los mexicas sitiados, no estamos solos. Somos millones. Y los defensores de la nacionalidad y honor patrio no están constreñidos a un pequeño islote. Brigadas hay en toda la patria. Y en cada renegado o renegada el cielo le ha dado a México un Tzilacatzin indómito.
El invasor ya ha hecho brechas: la mayoría de las operaciones de PEMEX son concesionadas a particulares, sobre todo extranjeros.
Los contratistas transnacionales cobran en dólares. Su avidez y codicia se equipara a la del extremeño (Cortes). Sus ganancias son obscenas y aun así no se sacian. Nadie los audita. El gobierno entreguista los solapa y alienta y les da toda clase de garantías. Hacen además mal las cosas. Permiten derrames por desidia. Causan accidentes por no invertir en equipo de seguridad. Son ignorantes y dañan los yacimientos mexicanos (como ocurrió en Cantarell).
Carstens entonces no miente al decir que no hay excedentes. ¿Como habrían de haber con tanto parásito dentro de PEMEX? ¡Y encima quieren el tesorito! Entre estos buitres y lo que se come el gordo con razón no queda nada.

