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Entonces se me ocurren programas que me gustaría ver. Qué tal que prendes la tele y el archienemigo de los políticos corruptos, Carlos Loret, esté en su noticiero matutino explicando cómo fueron aprehendidos los bribones Bribiesca, la huida de Vicente y Martuchis o que, contrito por los excesos cometidos bajo su tramposa férula, Calderón dimite y entrega el poder al verdadero ganador de las elecciones de hace dos años. Qué tal de bonito ver a Javier Alatorre condenando en un editorial demoledor la asquerosa manera en que el cardenal Rivera mantuvo por años un protector manto para cobijar a curas pederastas, y mire usted, en exclusiva, el momento en que agentes de la afi custodian a Rivera, con las esposas puestas, mientras es subido al vehículo oficial que habrá de trasladarlo a las instalaciones de la Procuraduría General de Justicia; el Vaticano, hasta ahora, no ha emitido ninguna clase de comunicado al respecto.
Qué tal Pepillo Origel, Patricia Chapoy y sus respectivos cortesanos, chismorreando el quehacer sentimental, no de cutres personajes de la farándula mexicana, sino de la mexicana política: ay, chiquis, el chisme que les traigo de Diego Fernández de Cevallos en su mansión de Punta Diamante, asoleándose… ¡en tanga!; pues no es nada, manita, junto a las fotos de Guadalupe Acosta agarrándole las pompis a Manlio Fabio, fíjense nomás…
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