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domingo, 8 de marzo de 2009

El Día Internacional de la Mujer: muchas palabras, pocos cambios

Foto: César Huerta/Extensión Medios

JORGE GÓMEZ NAREDO

La Jornada Jalisco

La luna perdió la primera batalla contra el sol cuando se difundió la noticia de que no era el viento quien embarazaba a las mujeres.

Después, la historia trajo otras tristes novedades:

la división del trabajo atribuyó casi todas las tareas a las hembras, para que los machos pudiéramos dedicarnos al exterminio mutuo;

el derecho de propiedad y el derecho de herencia permitieron que ellas fueran dueñas de nada;

la organización de la familia las metió a la jaula del padre, el marido y el hijo varón;

y se consolidó el Estado, que era como la familia pero más grande.

La luna compartió la caída de sus hijas.

Eduardo Galeano

Eran costureras. Y socialistas también. Se llamaban Clara Zetkin y Kathy Duncker. En 1910, durante el primer Congreso Internacional de Mujeres en Copenhague, Dinamarca, propusieron un día para homenajear a las mujeres trabajadoras que luchaban contra la injusticia, buscaban la equidad y no se arrostraban ante el poder de los patrones ni ante el machismo de los obreros. El tiempo pasó: Clara y Kathy murieron y el 8 de marzo (rememorando una huelga de mujeres en Estados Unidos) quedó instituido en diversas asociaciones socialistas y sindicales como el Día de la Mujer.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU), que se creó en 1945, se tardó (tiene la mala costumbre de siempre llegar tarde) unos cuantos lustros en formalizar su adhesión a la lucha por los derechos de las mujeres: el Día Internacional de la Mujer se adoptó oficialmente hasta la década de los 70 (1977). Y es que quienes dirigían dicha organización “plural” y “democrática” eran hombres. Hoy lo siguen siendo: no ha habido ninguna secretaria general de las Naciones Unidas.

En México, las mujeres son homenajeadas (como en casi todo el mundo) el 8 de marzo. Los gobiernos gastan algunos centavos para organizar foros, invitar a mujeres destacadas a dar charlas, preparar cenas y mandar cartas de felicitaciones. Los funcionarios públicos preparan discursos para vanagloriarse de los logros alcanzados en “materia de equidad”, de “la lucha contra el machismo” y a “favor de la mujer”. Eso pasa todos los 8 de marzo. El resto del año, la equidad de género se olvida. Y también se borran las palabras pronunciadas el Día Internacional de la Mujer.

Las mujeres en México son vejadas, humilladas y discriminadas. En muchas fábricas, los salarios de los hombres son superiores a los de las mujeres, aunque ambos hagan el mismo trabajo. En el terreno político, los machos ceden poco y lo hacen muy lentamente: en todos los estados de la República, ningún Congreso local tiene mayoría de mujeres. Lo mismo sucede en las cámaras de Diputados y de Senadores. Nunca ha habido una presidenta en el país y sí muy pocas candidatas a dirigir los destinos de la nación. La historia nos muestra que en México solamente cinco mujeres han gobernado una entidad federativa. Casi todas las alcaldías de la República están ocupadas por hombres. Esta situación no impide que el 8 de marzo, funcionarios públicos de todos los niveles y de todos los estados afirmen que la equidad de género es un hecho, un logro, una conquista.

Hay municipios de la República donde matar mujeres, aunque sea delito y esté penado por la ley, no se castiga. Es el caso de Ciudad Juárez: más de 500 mujeres han sido brutalmente violadas y asesinadas en esa ciudad, y las autoridades no han sancionado a quienes perpetran dichos crímenes. Incluso, el actual embajador de México en Canadá, Francisco J. Barrio Terrazas, cuando era gobernador de Chihuahua, culpabilizó a las mujeres de seducir a la muerte: argumentó que cientos de chicas caminaban por sitios oscuros y “se vestían de manera provocadora”, con minifaldas. Esto no le impide a Barrio Terrazas, todos los años, celebrar el Día Internacional de la Mujer.

En marzo de 2007, una anciana fue violada y asesinada en la comunidad de Tetlatzinga, en Veracruz. Los agresores fueron elementos del Ejército Mexicano. No hay nadie detenido por este lamentable hecho. La víctima se llamaba Ernestina Ascención Rosario: era pobre, era indígena, era anciana y, además, era mujer. Felipe Calderón argumentó que había muerto de una gastritis mal atendida. José Luis Soberanes, presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, lo secundó. Calderón y Soberanes homenajearán a las mujeres el 8 de marzo. Cada uno dará intensos discursos en contra de la violencia de género.

El Día Internacional de la Mujer dura 24 horas: se terminará cuando el último segundo del día fenece. Este 8 de marzo será una jornada de muchos discursos a favor de la equidad de género. Sin embargo, las palabras no erradicarán ni las vejaciones ni las humillaciones hacia las mujeres. A los funcionarios públicos se les olvidarán las promesas dichas. Habrá el próximo año otro Día Internacional de la Mujer y volverán las grandilocuencias y las frases que pugnen por la equidad de género y la erradicación de la violencia hacia las mujeres. Los “logros” se alardearán. La realidad no cambiará.

jorge_naredo@yahoo.com

domingo, 9 de noviembre de 2008

JORGE GÓMEZ NAREDO ::La muerte de Mouriño, ¿accidente o atentado?::

JORGE GÓMEZ NAREDO
La Jornada Jalisco

Vivimos en una guerra: Felipe Calderón la declaró. Lo hizo sin el consentimiento del Congreso ni de la sociedad. Sacó al Ejército a las calles, a patrullar, a cumplir labores policiacas. Desde la llegada del panista a la Presidencia, los asesinatos entre cárteles de la droga se han incrementado. Todos los días mueren alrededor de 15 personas relacionadas con el tráfico de estupefacientes. Todas las semanas, debido a la “guerra contra el narcotráfico”, policías fallecen y son acribillados jefes de seguridad y hasta alcaldes. Calderón, ante esta imagen dantesca, arguye siempre que la lucha contra el crimen organizado va y que costará vidas, muchas vidas.

El narcotráfico, un negocio bastante redituable, ha infiltrado corporaciones policiacas, alcaldías, gobiernos, congresos, secretarías... Por todos lados, silenciosamente, está el dinero el narco, la influencia del narco. Las autoridades defienden a unos y atacan a otros. No se dice, pero se sabe. Se entiende, se interpreta y se conjetura.

Este es el contexto. Y el contexto permite hacer más comprensibles los hechos que suceden en el país. Como por ejemplo la caída del jet donde viajaban Juan Camilo Mouriño y José Luis Santiago Vasconcelos. ¿En un país donde el narcotráfico está siendo “combatido” y está “perdiendo la batalla” (según lo han mencionado las autoridades federales), no podría pensarse en un atentado? ¿Por qué la insistencia de Luis Téllez, secretario de Comunicación y Transportes, en hacer de la caída de la aeronave perteneciente a la Secretaría de Gobernación un simple accidente?

Las explicaciones para justificar “el accidente” no han sido contundentes. Quedan muchas dudas. Fue extraña la manera en cómo la aeronave donde viajaba Mouriño se desplomó. Muy extraña. Un avión no suele caer en línea vertical. Las fallas técnicas, en una aeronave donde se supone viaja la persona con el segundo cargo más importante del país, suelen ser inexistentes. Además, una falla técnica no provoca que un avión se precipite de esa forma. Decir que la causa fue una turbulencia dejada por otro avión, una de las hipótesis del supuesto “accidente”, resulta absurdo. El piloto del vuelo que venía atrás del jet donde viajaban Mouriño y Vasconcelos, Emilio Hernández Galindo, en entrevista con una revista electrónica refutó las hipótesis dadas por las autoridades y mencionó: “Yo digo que sí lo tiraron [al jet donde viajaba Mouriño]. [Pero] que el gobierno diga que los narcos están tirando los aviones donde viene un secretario de Gobernación y que tienen acceso a este tipo de cosas, pues está muy complicado […] No creo que [lo] vayan a decir, aunque así haya sido, que hubo una especie de sabotaje con esta aeronave. No lo van a decir. Definitivamente no lo van a decir”. Entonces, ¿pensamos en accidente o en atentado?

Muchos testigos de la caída del jet donde viajaba Juan Camilo Mouriño indican que, desde el cielo, la aeronave ya venía en llamas. Son muchos quienes argumentan eso. Pero la PGR ha indicado que no, que eso no es cierto, que todos mienten, que las investigaciones dicen lo contrario: ¡no hubo explosión antes de la caída! No la hubo y no la hubo. Luis Téllez repite que no, que no y que no. ¡Todo fue un accidente!

El viernes pasado fue detenido Jaime González Durán, alias El Hummer, fundador y uno de los líderes máximos del grupo Los Zetas, brazo ejecutor del cártel del Golfo. Tres días después del extraño “accidente” del avión donde viajaba Juan Camilo Mouriño se detiene a uno de los líderes de Los Zetas y también el Ejército decomisa un arsenal de 500 mil cartuchos, 428 armas, 287 granadas y mil cargadores. ¿Existe alguna relación entre la muerte de Mouriño y estos “logros” del gobierno federal? ¿Fue acaso una reacción del gobierno la detención de El Hummer y el decomiso del colosal arsenal? Simples preguntas.

La muerte de Juan Camilo Mouriño ha servido para que Felipe Calderón y los medios de comunicación afines al michoacano intenten hacerlo héroe nacional: un dechado de virtudes. Sin embargo, Mouriño estaba lejos de ser eso. Parecería que todo se debe olvidar: el enriquecimiento ilegal de Mouriño y su familia, los contratos irregulares con Pemex y el notorio tráfico de influencias. En su alocución en el Campo Marte, con los féretros presentes de quienes murieron en el avionazo (los que fallecieron y no venían adentro del jet simple y llanamente han sido olvidados por las autoridades), Calderón declaró: “[Mouriño] Fue objeto de críticas y víctima de calumnias. Sin embargo, puedo asegurar que fue un hombre franco y honesto […] bienaventurados los que por causa de lo alto son insultados y se diga toda clase de calumnias en su contra, porque su recompensa será grande”. Sí, las críticas que en vida recibió Mouriño, ahora se han convertido en delitos.

¿Mouriño murió en un accidente o fue asesinado?, si fue un atentado, ¿quién lo perpetró?, ¿el narcotráfico?, ¿acaso una intriga palaciega?, ¿sabremos alguna vez realmente lo que pasó? Preguntas, hay muchas preguntas. Desgraciadamente, la mayoría de ellas no se contestarán. O quizá sí, pero quedarán las dudas: esas dudas que nos indican, hoy, que Mouriño no murió en un accidente, sino en un atentado.

jorge_naredo@yahoo.com

domingo, 19 de octubre de 2008

JORGE GÓMEZ NAREDO Entre buenos y malos: González Márquez y su visión del mundo




La Jornada Jalisco

Emilio González Márquez, el miércoles pasado, definió claramente su ideario, su pensar y su forma de ver el mundo. Pocas veces un discurso muestra tanto a una persona y a su manera de percibir la realidad. En el marco de la entrega de apoyos a policías y a familiares de elementos policiacos muertos en cumplimiento de su deber, González Márquez describió nítidamente lo que él (y por ende, su gobierno) entiende por “lucha contra el narcotráfico”.

Con voz quebrada, el gobernador de Jalisco mencionó que estamos en guerra: “ésta es una guerra en contra de los que lucran con la salud de nuestra gente”. Ya lo mencionó Raúl Torres en la siempre fresca e inteligente columna El lobby: ¿acaso los hospitales particulares no lucran con la salud de la sociedad? Más allá de su corta visión sobre lo que significa “lucrar con la salud de nuestra gente”, González Márquez advierte que Jalisco está en guerra. Surgen preguntas, muchas preguntas: ¿cuándo se declaró?, ¿quién aprobó que se iniciara?, ¿por qué si se empezó la guerra desde hace tiempo, hasta ahora se informa a la ciudadanía?

El gobernador aclaró que “Jalisco está aportando sangre para mejorar la seguridad de nuestro estado”. ¿Esta es la finalidad de la guerra? Es muy fácil mencionar que los policías mueren, que son héroes: es muy fácil organizar actos para entregar apoyos pecuniarios a quienes han perdido a sus hijos, a sus parejas, a sus padres. Es muy fácil porque esas palabras las menciona alguien que no tiene que lidiar siempre con el narcotráfico en las calles. Es muy fácil rendir homenaje a los caídos cuando no se es uno de ellos, cuando no se tienen familiares que han sido ejecutados por la violencia ante la incapacidad de las autoridades para detenerla.

Cercano al paroxismo, González Márquez arguyó que hay dos bandos y nada más: los buenos y los malos. Y que los espectadores, quienes protestan, quienes disienten, quienes ven otras formas de combatir al narcotráfico, son parte de los malos, de los “cómplices”. Así pues, todos somos delincuentes en potencia. Sus palabras no dejan lugar a dudas: “Hay dos bandos, nadie es espectador, quien quiere ser sólo espectador, se convierte en cómplice”.

En el bando de los malos están los que “agreden a Jalisco”, los narcotraficantes, los que participan en el crimen organizado. Pero también están en ese bando los “timoratos”, los que no denuncian, los que no previenen, quienes no abonan a la formación de “una sociedad con valores”. Los policías que no estén dispuestos “a dar su sangre por Jalisco”, se ubican en el bando de los malos, de los que dañan al estado.

El bando de los buenos está encabezado (no podría ser de otra manera) por el gobernador de Jalisco, quien todos los días ofrece su sangre y su vida por el bien de la entidad. Lo acompañan todos los demás secretarios: dispuestos siempre a derramar su sangre en las tierras de Jalisco para que florezca la esperanza, el bienestar y la seguridad. Sí, el gabinete de González Márquez es un gabinete, digamos, de héroes que están dispuestos a inmolarse por la sociedad. En este bando de los buenos también (ya en segundo término) está “el pueblo de Jalisco que quiere confiar en el uniforme y en la placa [de los policías], el que se atreve a denunciar, el que no hace la vista a un lado cuando ve a esa punta del iceberg que es el narquito de colonia”. Sí, el pueblo bueno, el pueblo que no protesta, el pueblo que no disiente, el pueblo que no duda de sus autoridades, el pueblo que no tiene sentimientos de inconformidad.

En su discurso del miércoles pasado, González Márquez divide a la sociedad en dos: buenos y malos. Los buenos, son los que apoyan al gobierno (es decir, a él); los malos, los que no siguen sus indicaciones y, claro, el narcotráfico endemoniado. ¿Cómo hacerle entender al gobernador que la sociedad es más compleja de lo que él piensa y que el problema del narco es profundo y no se soluciona con una guerra?, ¿cómo hacerle comprender a González Márquez que no se trata de derramar sangre, sino de actuar de manera inteligente e integral?, ¿cómo explicarle que la sociedad jamás ha estado divida entre buenos y malos?, ¿cómo?

González Márquez nos dice que estamos en guerra y que, o somos buenos, o somos malos. Nos menciona un sólo camino: “el que se riega con sangre para que florezca un Jalisco más seguro”. Este pensamiento es peligroso: criminaliza a quienes no concuerdan, a quienes plantean disenso, a quienes miran otras soluciones distintas a aquellas de la autoridad. La pregunta es: quienes no piensan como González Márquez, ¿son del bando de los malos? No cabe duda: nos dirigimos a un camino directo (y sin paradas) al autoritarismo, un autoritarismo disfrazado de “guerra contra el narcotráfico”.

jorge_naredo@yahoo.com

domingo, 21 de septiembre de 2008

Jorge Gómez Naredo ::El río contaminado y la presa de Arcediano::

foto: Cesar Huerta

JORGE GÓMEZ NAREDO

Ahora resulta que, según la Secretaría de Salud Jalisco, el río Santiago es un río límpido, cristalino, sin contaminación. Después de sesudos y científicos análisis, las autoridades locales encontraron que no, que nunca, que jamás el río Santiago ha estado contaminado. Quizá un poquito, casi nada. Por él corre agua limpia, agua que no mata, agua que no afecta la salud de los pobladores que habitan cerca de la cuenca del Santiago, agua que no contiene metales pesados, metales asesinos.

Eso dicen las autoridades, eso dice el secretario de Salud Jalisco, eso asume el gobernador Emilio González Márquez. Viven en su realidad, una realidad alejada de la que experimentan miles de personas: habitan una especie de burbuja donde los problemas de los de abajo jamás son conocidos, ni siquiera escuchados, mucho menos tomados en cuenta.

Los días jueves, viernes y sábado pasados se celebró en la ciudad de Guadalajara un encuentro convocado por el Colectivo de Organizaciones Ciudadanas por el Agua (Coloca). En la conferencia magistral, Pedro Arrojo, sin ambages, dijo sobre la presa de Arcediano: “almacenar agua de esa calidad, con metales tóxicos, para darle de tomar a la gente y bombearla a un costo impresionante: nunca vi esa barbaridad y miren que he visto muchas”. Sí, la presa de Arcediano es una barbaridad, no cabe duda.

Al encuentro de Coloca asistieron también autoridades estatales y federales para dar sus puntos de vista sobre la problemática del agua. El enviado de la Secretaría de Salud Jalisco, Juan Carlos Olivares Gálvez, argumentó que ellos no son los encargados de investigar la toxicidad de las aguas del río Santiago: si lo hacen es porque son “buena gente”. El cinismo en las palabras de Olivares Gálvez es característico de las autoridades estatales y federales: ¿quiénes son entonces los encargados de investigar si las aguas del río Santiago son aptas para los humanos?, ¿acaso no es competencia de la Secretaría de Salud Jalisco la salud de los jaliscienses?

Las autoridades estatales están empecinadas en construir la presa de Arcediano. La justificación del proyecto, según argumentan, es la necesidad imperante de dotar de agua a la Zona Metropolitana de Jalisco. Pero muchos especialistas mencionan que hay otras alternativas para abastecer de agua a la ciudad. Los panistas que dicen gobernar Jalisco ni ven, ni escuchan ni toman en cuenta. David Barkin, académico de la Universidad Autónoma Metropolitana, dijo acerca del gobierno estatal en el encuentro Coloca: “no solamente es incapacidad, sino mala intención, es decir, corrupción”.

La contaminación que a diario viven los habitantes de El Salto y Juanacatlán es insoportable: conviven con ella, luchan contra ella, quieren alejarse de ella. Pero no pueden porque las aguas que les llegan están completamente contaminadas. Utilizando las palabras de Andrés Barreda, otro de los ponentes en el encuentro de Coloca, es “una vergüenza planetaria lo que ocurre en El Salto, Jalisco”. Sí, en El Salto y en Juanacatlán el río Santiago es asesino; y la gente sufre, la gente se enferma, la gente muere por vivir cerca de un afluente contaminado, contaminado en demasía, contaminado a pesar de la negativa del gobierno estatal para reconocerlo.

Y también en El Salto se criminaliza a la gente: el activista ecologista Raúl Muñoz ha sido acusado toscamente de tráfico de drogas: nada más alejado de la realidad. Pero las autoridades panistas lo acusan y lo criminalizan porque él es incómodo, porque él es parte de la realidad, esa realidad que ellos no quieren ver, esa realidad que ellos niegan, que ellos no escuchan ni toman en cuenta.

El río Santiago está contaminado y eso no lo puede negar la Secretaría de Salud. Hay evidencias claras: el niño Miguel Angel López Rocha murió cuando cayó en el río asesino, río lleno de arsénico, de metales pesados. El cáncer y enfermedades renales son comunes en El Salto: los índices de incidencia superan por mucho la media estatal. Pero para las autoridades, las aguas del río Santiago son claras, límpidas, cristalinas; eso, sin duda, es un cinismo asesino. Por otro lado, con la presa de Arcediano, quieren que esas aguas putrefactas lleguen a todas las casas de la Zona Metropolitana de Jalisco; un genocidio, sin duda.

jorge_naredo@yahoo.com

domingo, 14 de septiembre de 2008

Jorge Gómez Naredo Pepe Zamarripa

JORGE GÓMEZ NAREDO

Pepe Zamarripa

Este mundo es muy complejo: un día alguien te manda un correo y te informa de la visita de Andrés Manuel López Obrador a Jalisco y unas horas después, el remitente deja de existir, se va, no vuelve a llamar, no escribe, no te mirará más. Sí, un mundo complejo y caótico, donde se van los que no deberían irse. José Guadalupe Zamarripa murió en la ciudad de México. Con él se fueron sueños, utopías, logros por conquistar.

Conocí a José Zamarripa hace dos años, o tres, no sé exactamente cuándo. Fue en una reunión de simpatizantes de López Obrador, o quizá en una fiesta de ese mismo grupo, o quién sabe, pudo ser que lo haya visto en el plantón en contra del fraude electoral, o muy probablemente en el Zócalo de la ciudad de México durante una de las tres multitudinarias asambleas convocadas por el ex candidato presidencial de la coalición Por el Bien de Todos para exigir un nuevo cómputo de los votos. No recuerdo. La memoria falla de vez en cuando. Se va: no vislumbramos momentos exactos con fechas y horas exactas.

Pepe, como le decían todos, como le decía yo, fue un hombre íntegro. Jamás escuché que alguien se quejara de él por desvío de fondos, porque fuera un político fantoche, porque se quedara de ver en restaurantes lujosos con “gente bien”, porque no se careara con la gente, con la base. Nunca. Era un hombre honrado, honesto y humilde, cualidades que escasean en la elite política mexicana. Su labor inicial en Jalisco se veía titánica: obtener el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en una entidad dominada por la reacción, el PAN, la Iglesia y la derecha (perdón por el pleonasmo). No lo logró, pero logró más de lo que se esperaba.

Después del fraude electoral y de la lucha por el respeto a elecciones limpias y creíbles, sintetizada en la frase “voto por voto / casilla por casilla”, Pepe se quedó en Jalisco para coordinar todo lo relativo al recién nacido gobierno legítimo. Tenía experiencia: había sido secretario técnico del PRD nacional durante la gestión de López Obrador y jefe de asesores del Gobierno del DF. Su tarea se veía difícil, intrincada. Tuvo que luchar con la apatía de los jaliscienses, con los ataques de la Iglesia y del gobierno panista, con un PRD local dominado por un grupo totalmente alejado de los principios básicos de la izquierda, con la falta de recursos, con los egos de muchos líderes sociales, con los modos de otros, con las divisiones y los protagonismos, con las quejas y las críticas, con la necesidad de ir más allá, de organizar, estructurar, sostener y mantener. Y se quedó aquí, en Jalisco, y día a día enfrentó los problemas cotidianos.

Pepe era una pieza clave de Andrés Manuel López Obrador. El tabasqueño sabía que él era la persona indicada para estar aquí: no era un político superfluo, su vida se la había dedicado a las luchas de izquierda y podía ir y venir del DF a Guadalajara sin ataduras que lo amarraran; era hombre culto, sabía lidiar con las personas y comprendía claramente las situaciones política y social del país. Hizo lo que pudo, lo humanamente posible.

La muerte de Pepe causó estupor. No se esperaba. Un ataque al corazón nunca se espera, nunca se prevé, nunca se imagina. El lunes y martes aparecieron esquelas en varios diarios a nivel nacional: el gobierno legítimo, el PRD nacional y del DF, el Gobierno del DF, los grupos parlamentarios perredistas del estado de México, de las cámaras de Senadores y Diputados y de la Asamblea Legislativa, todos mencionaban el dolor y expresaban su admiración por Pepe, el luchador social y el hombre comprometido. Es una verdadera lástima que el PRD local no haya dicho nada, no haya hecho nada, no haya expresado nada. Ojalá un día, quienes actualmente dirigen ese organismo que se dice de izquierda, aprendan aunque sea un poquito del compromiso que Pepe tuvo con las causas de los más pobres, de los humildes, de los que han quedado fuera de los discursos.

Pepe se llenó de trabajo, y con el trabajo, de presiones. Fue reservado y eso impidió que muchos conociéramos sus problemas de salud. Su vida se la dio a la organización y muchos, como yo, no vimos lo pesado que era, no observamos las dimensiones de las labores realizadas. No podemos regresar el tiempo y decirle a Pepe: “tómate un tiempo, carga energías, cuídate”. Duele su partida, duele que no esté aquí. Y mucho dolor hay en la ausencia de sus palabras.

Los días pasan, las semanas se van, los meses desaparecen, y así los recuerdos suelen perderse, diluirse. No sé si un día los jaliscienses que conocieron a Pepe lo olviden. Yo apuesto a que no, a que se mantendrá su efigie. Quizá no con actos rimbombantes de condolencias y aniversarios luctuosos, sino en el día a día. Porque Pepe enseñó eso: el día a día, el caminar luchando, el caminar para que un día las cosas sean mejores y exista una sociedad más justa y más equitativa. Sí, eso nos dejó Pepe: nos enseñó a ser tercos, a estar organizados, a seguir luchando por las causas que muchos ven perdidas. Nos enseñó que construir un mundo mejor no es cosa de días, sino de estar, siempre, luchando. Y nos enseñó también a cantar la alegría, a cantar la resistencia, a cantar la dignidad. Y así, nos enseñó a cantar con Benedetti: “cantamos porque el niño y porque todo / y porque algún futuro y porque el pueblo / cantamos porque los sobrevivientes / y nuestros muertos quieren que cantemos // cantamos porque el grito no es bastante / y no es bastante el llanto ni la bronca / cantamos porque creemos en la gente / y porque venceremos la derrota”.

jorge_naredo@yahoo.com

domingo, 24 de agosto de 2008

Jorge Gómez Naredo ::González Márquez, el marxista::

JORGE GÓMEZ NAREDO

González Márquez, el marxista

Emilio González Márquez retoma los textos de Carlos Marx, Federico Engels y Antonio Gramsci; los lee, los reflexiona, cavila acerca de ellos: medita. Va a Estados Unidos (un país que es visitado constantemente por el mandatario jalisciense –con cargo al erario público, por supuesto–) y allá piensa en conceptos como “modos de producción”, “capital”, “hegemonía”, “clases subalternas”, “socialismo utópico y científico”, “propiedad privada”, “conciencia de clase”, etcétera. Sin duda, un estuche de monerías nuestro gobernador. Un observador sagaz, perspicaz y sutil.

Se le ha criticado mucho. Varios se han confrontado con él. En el Congreso del Estado ha logrado lo que se pensaba imposible: unió a los distintos grupos parlamentarios en su contra. Diversos sectores de la sociedad no lo soportan ni olvidan que a los inconformes y críticos de su gestión les regaló dos frases entrañables: “me vale madre” y “chinguen a su madre”. Pero González Márquez tiene pilares importantes para mantenerse en su cargo: la Iglesia católica y el empresariado. Estas alianzas no le impiden, en sus ratos libres (además de tomar clases de Biblia), repasar lecturas de Marx, Engels y Gramsci.

Seguramente Emilio González Márquez piensa que es un hombre incomprendido: él que hace tanto por Jalisco, él que lucha día a día por la sociedad, él que está al tanto de todas las expectativas y problemas de la gente. Su interés, en todo momento (lo ha mencionado infinidad de veces), es mejorar la calidad de vida de sus gobernados. Y lo quiere hacer a través de una innovadora administración que dona dinero para aquí y para allá: dinero a Televisa, a TV Azteca y a organizaciones católicas. Sí, una manera de gobernar inteligente.

El jueves pasado, en un acto para anunciar donaciones a organizaciones que ayudan de diversas maneras a la población (y que, muchas de ellas, son cercanas a la Iglesia católica), González Márquez mencionó: “qué bueno que existen organizaciones con inspiración altruista, qué bueno que existen organizaciones con motivación religiosa. Lo que le interesa a este gobierno de Jalisco es estar con la gente que apoya al pueblo, y ojalá algún día exista el asilo Carlos Marx; ojalá algún día exista el orfanato Federico Engels, y ojalá algún día exista el instituto de apoyos a los indígenas Antonio Granchi [sic]”. No cabe duda, un gobernador marxista.

Sin embargo, existe un problema con el innovador sistema de mejoramiento de la vida de los jaliscienses a través de donaciones: ¿y el estado, dónde está? Se supone que Emilio González Márquez encabeza un gobierno que tiene la obligación de otorgar seguridad social a los ciudadanos: salud, trabajo y bienestar. Donar a instituciones que se dedican a apoyar a la sociedad es una labor necesaria. Pero, ¿dónde queda el estado para cumplir con sus obligaciones? Porque, si la sociedad se organiza y funda organismos que realizan labores que debería efectuar el estado, ¿acaso no se podría pensar en la incapacidad de ese estado o de las personas que lo dirigen?

González Márquez, con las declaraciones hechas en tono de chanza sobre un “asilo Carlos Marx”, un “orfanato Federico Engels” y un “instituto de apoyos a los indígenas Antonio Granchi [sic]”, lo único que demuestra es su ignorancia de lo que significan estos tres teóricos universales. Ni Marx ni los marxistas de hoy y ayer aprobarían un asilo de capital privado porque eso, si seguimos el Manifiesto Comunista de 1848, es “socialismo conservador o burgués”. En palabras de Marx y Engels: “Una parte de la burguesía desea aliviar los males sociales a fin de asegurar la subsistencia de la sociedad burguesa […] Los burgueses socialistas pretenden las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas y peligros que surgen necesariamente de ellas […] El socialismo burgués sólo alcanza su expresión pertinente cuando se transforma en mera figura retórica […] El socialismo burgués consiste, precisamente, en afirmar que los burgueses son burgueses…, en interés de la clase trabajadora”. González Márquez, en sus declaraciones del jueves pasado, se descubre como un mandatario que entiende poco de Marx, Engels y Gramsci y nada de lo que hoy es la izquierda y los movimientos sociales en el país. Demuestra que para él, los inconformes con su caótica manera de gobernar son marxistas, comunistas o socialistas. Nada más alejado de la realidad.

El gobernador se pavonea públicamente de su ignorancia, de su incapacidad para comprender al mundo, al país y al estado. Valdría la pena pensar, ¿de qué nos sirve un mandatario que entiende poco de la realidad social y que, además, se dedica desde su puesto a donar (o desviar) recursos públicos a organismos privados y olvida su labor principalísima como eje de la seguridad social? No cabe duda, cada día González Márquez exhibe su ineptitud para gobernar. Esto no le impide que allá, en Estados Unidos, el mandatario jalisciense rastree un asilo llamado Carlos Marx. Tendrá que buscar mucho.

jorge_naredo@yahoo.com

lunes, 18 de agosto de 2008

::Jorge Gómez Naredo:: Temacapulín; la lucha de un pueblo

JORGE GÓMEZ NAREDO / I PARTE

Temacapulín: la lucha de un pueblo

“Desde el siglo VI Temacapulín te saluda”, se lee en uno de los cerros que rodean al pueblo que Jalisco, Guanajuato y el gobierno federal pretenden desaparecer con la construcción de la presa El Zapotillo
“Desde el siglo VI Temacapulín te saluda”, se lee en uno de los cerros que rodean al pueblo que Jalisco, Guanajuato y el gobierno federal pretenden desaparecer con la construcción de la presa El Zapotillo Foto: HECTOR JESUS HERNANDEZ

¿Y si se nos muere el pueblo, si desaparece, si realmente se atreven a inundarlo y nos quedamos con nada? ¿Y si la Virgen de los Remedios, a la cual todos los días le rezamos, nos desampara y deja que el gobierno nos venza, nos gane? ¿Y si nos cansamos y no damos la lucha, si nos dividimos o nos dividen, si no logramos defender nuestro pueblo, nuestro patrimonio? Todos los días los habitantes de Temacapulín se hacen estas preguntas. Y se las hacen desde que las autoridades de Jalisco, Guanajuato y el gobierno federal decidieron que su pueblo debería desaparecer para poder edificar la presa El Zapotillo, dizque para el progreso, dizque para que todos vivamos mejor.

Temacapulín

En el municipio de Cañadas de Obregón se encuentra el pueblo de Temacapulín (o Temaca, como todo aquel que lo conoce le nombra). Es pequeño. Tiene una plaza con quiosco y bancas donadas por diversas personas o instituciones. La iglesia fue construida en el siglo XVIII y en su atrio hay árboles. Arboles frondosos. El poblado está rodeado por varios cerros. En uno de ellos se puede leer claramente: “Desde el siglo VI Temacapulín te saluda”. Las casas guardan un equilibrio arquitectónico; las calles empedradas le dan un toque campirano. Es un pueblo atractivo, lindo, bello. Tiene posibilidades de desarrollo turístico porque hay aguas termales, balnearios y hoteles.

Los habitantes de Temaca no son más de 600, pero sólo son los que viven ahí. Porque están también los habitantes de Temaca que no residen en el pueblo. Los que se fueron y se llevaron a su poblado con ellos. Los que lo cuidan desde lejos, los que lo extrañan, los que ningún día dejan de pensar en el regreso, en el ansiado retorno. Temaca es de quienes lo habitan y de quienes lo dejaron para buscar mejores condiciones de vida. Hay gente de Temaca, dice la señora María del Consuelo Carbajal, en California, Chicago, Monterrey, Veracruz, Guadalajara, en todas partes andan los de Temaca.

La migración hacia Estados Unidos es una constante en la mayoría los pueblos del país. La gente se va a buscar mejores condiciones de vida. No hay trabajo ni dinero. El campo no recibe apoyo. Ahora sembrar es una actividad cara y vender lo que se cosecha, un mal negocio. Por eso la gente se va, porque no existe ayuda ni hay interés de las autoridades para mejorar la situación de vida de millones de mexicanos que se dedican al campo. Temaca no es la excepción. La gente migra, se va. Pero se va siempre pensando en regresar; en juntar dinero, mandar dinero, retornar con dinero y vivir en paz y feliz en el pueblo en el cual nació, donde dejó sus recuerdos.

Temaca, pues, es habitado por los que están y por los que no están. Por los que se fueron para regresar y por los que se quedaron para esperar. Como Gabriel Gutiérrez, quien menciona: “tengo veinte años en Monterrey, quizá ya agarré la tonada de allá pero soy de aquí y sigo siendo de aquí, de Temaca”. Sin duda, un pueblo que vive en carne propia las consecuencias de un modelo económico neoliberal.

El conflicto

La gente de Temacapulín está enojada. Y no es para menos. Quieren desaparecer su pueblo. Los gobiernos estatales de Jalisco y Guanajuato y el federal se coordinarán para edificar la presa El Zapotillo, la cual inundará Temaca. Decidieron que los habitantes de dicho pueblo no tendrían decisión. Se irían y ya. Quizá les darían voz para que escogieran el lugar de su reubicación. Pero no más. La presa se construirá para dotar de agua a León o, más específicamente, a las grandes industrias de León. También proporcionará líquido a algunas poblaciones de Los Altos de Jalisco.

En una reunión en Guadalajara el pasado primero de agosto para detallar la construcción de la presa El Zapotillo, en la cual estuvieron presentes los gobernadores de Jalisco, Emilio González Márquez, y de Guanajuato, Juan Manuel Oliva, además del director de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), José Luis Luege Tamargo, hubo sonrisas y apretones de manos, palabras de progreso y de unidad. El mandatario jalisciense adujo: “quien ahora tiene una vivienda no en las mejores condiciones, el compromiso es que en la reubicación pueda tener una mayor calidad de vida”. Por su parte, Luege Tamargo arguyó que “está garantizada la indemnización de la tierra, la construcción de viviendas dignas y los acuerdos absolutamente consensuados con las comunidades que se demuestre necesitan un beneficio directo al ser reubicadas”.

Sin embargo, existe un conflicto: quienes habitan en Temaca no quieren la reubicación porque no desean que su pueblo se muera, que quede inundado. No han sido “consensuados” en ningún momento por autoridad alguna sobre si están o no de acuerdo con que se les reubique. Ellos buscan seguir viviendo donde siempre han vivido, donde vivieron sus padres y sus abuelos, donde tienen sus recuerdos y su patrimonio, donde descansan sus muertos, donde han llorado y reído, donde han sufrido y gozado. Ellos quieren a Temaca y lo quieren donde está, donde siempre ha estado.

Amor y pueblo

Desde que saben las intenciones del gobierno estatal para desaparecer su pueblo, se ha revitalizado el amor al terruño. Temacapulín, para quienes habitan ahí y para quienes lo dejaron pero que piensan regresar algún día, es el ombligo del mundo: el mejor lugar para vivir. Juan Manuel Jiménez Iñiguez nació en la ciudad de México y desde pequeño lo llevaron a Temaca. Y Temaca es su patria. El cuida “unas borregas” y “limpia casas”. Su visión del conflicto es muy particular: “tienen envidia porque este pueblo tiene todos los servicios, tiene mucho turismo. ¿Dónde nos van a hacer casas como ésta, que es antigua?”, menciona al señalar una bella edificación de cantera.

Manuel de Jesús Carbajal, quien atiende el billar del pueblo y se encarga de “la seguridad de la población”, también muestra su arraigo a Temaca. Tuvo que emigrar para trabajar en un lugar con mayores oportunidades. Se fue a Manzanillo. Pero regresó y regresó contento. El pueblo es único: “no digo que vivo como rey pero aquí vivo muy a gusto, en mi pueblo”. Y es que hay una relación estrecha entre Temaca y las personas que lo han habitado. La mayoría de quienes actualmente residen ahí están en contra de que se les eche. No lo quieren porque Temaca es suyo y ellos son de Temaca. Manuel lo expresa nítidamente: “El amor que le tenemos a nuestro pueblo es grande. Nadie vende. No es lo mismo que te lleven a vivir a un rancho a vivir en tu pueblo. Nosotros no vendemos. Y defendemos”.

¿Cómo hacerles entender a las personas que han vivido toda su vida en Temaca que el progreso es necesario y que León y sus industrias precisan sacrificios? ¿Cómo decirle a una señora que nació en Temaca, creció en Temaca, se casó en Temaca, dio a luz en Temaca y quiere morir en Temaca, que de un día para otro no habrá más Temaca? ¿Cómo? Es el caso de María del Consuelo Carbajal, quien ha vivido toda su vida en Temacapulín y no se quiere ir. Está enamorada de su pueblo, vive feliz en él. Y aunque otras ciudades son hermosas y le cuentan sus familiares cómo es Estados Unidos y Monterrey, ella quiere a Temaca y se queda con Temaca. No desea abandonar sus recuerdos, el lugar en donde crecieron sus padres y sus abuelos: “ni porque nos llevaran a un palacio. Nosotros estamos viviendo aquí muy a gusto”.

Los de Temaca aman a su pueblo y ensalzan su belleza. Porque la belleza muchas veces no depende de construcciones arquitectónicas majestuosas, de edificios lujosos, de modernidad y confort. La belleza, fuera de los ámbitos académicos, es un concepto individual arraigado a lo vivido y a lo sentido. J. Guadalupe Sánchez demuestra nítidamente este proceso. Nació en Temaca, no tiene “ni un grado de escuela” y desde pequeño trabaja. Emigró a Estados Unidos y ahí se hizo de “unos centavitos”. Regresó a México y comenzó a trabajar “muy duro” en Guadalajara, donde acumuló “otros centavitos”. Hace algunos años retornó a Temaca. Cumplió su sueño: “A mí me tocó mucha suerte de venirme de vuelta a mi pueblo a morirme”. Para don Guadalupe el lugar donde nació es un paraíso: “¿Quién no se viene a vivir aquí? Qué Tepa ni qué madres de nada. Aquí es una gloria”. Por eso, empuñando las manos, espeta: “inundarlo es una tontera de nuestra nación”.

Primero la reubicación, después el consenso

¿Por qué será que los gobiernos primero deciden y después consensúan? Así sucedió en el caso de la presa El Zapotillo, pues las administraciones panistas de Jalisco, Guanajuato y la federal primero decidieron en sus oficinas lujosas que Temaca sería desaparecido y después avisaron a los pobladores la urgente necesidad de saber su opinión sobre el lugar donde serían reubicados. Nunca fueron a presentarles un proyecto y conocer su parecer. El gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, nunca ha visitado Temaca, pero eso no le impidió aprobar un proyecto que lo desaparece del mapa.

Días antes del 15 de junio de 2008 comenzó a circular en todo el municipio de Cañadas de Obregón un volante con el siguiente texto: “¡Atención a todos los habitantes y propietarios de Temacapulín! El gobierno del estado, a través de la Comisión Estatal del Agua (CEA), los invita a la reunión informativa para conocer las alternativas de ubicación del Nuevo Centro de Población Temacapulín y así determinar el sitio elegido. Te esperamos este domingo 15 de junio a las 12 p.m. en el hotel Temaca. ¡Tu decisión es muy importante!”. Ironía característica de las autoridades panistas: a los habitantes de Temaca se les “consultó” sobre el lugar donde deberán ser reubicados, pero jamás se les preguntó si querían o no ser reubicados.

Juan José Hernández Hernández es dueño de una fonda en Temacapulín: vende lonches, jugos, quesadillas, tacos, etcétera. Está en contra de la presa de El Zapotillo. Menciona que las autoridades, antes del 15 de junio, no habían ido a Temaca para reunirse con los habitantes del pueblo y plantearles si estaban o no de acuerdo en ser reubicados: “el gobierno aquí no viene a decirnos absolutamente nada de cómo vamos a ser afectados”. El desprecio al pueblo duele…, duele mucho. Y las autoridades panistas de Jalisco han despreciado a Temacapulín.

Según el volante repartido por las autoridades estatales, Temaca dejará de ser un pueblo y se convertirá en “Centro de Población”. No entienden que el terruño es un elemento esencial en la cultura mexicana, en la historia de nuestro país. Pertenecer a algo es importante y la mayoría de los mexicanos pertenece, además de a la nación, a su patria chica, al lugar donde nació y creció. Quienes buscan construir la presa e inundar Temaca despreciando a sus habitantes no conocen esa estrecha relación entre los pobladores y su terruño. Y tampoco conocen muchas de las consecuencias cuando, un pueblo herido, un pueblo que quiere seguir viviendo, se despierta y dice no.

Para quienes idearon la presa El Zapotillo, Temaca es un pueblo con gente que migra y que fácilmente puede ser reubicada en las puntas de los cerros. No ven más allá. Sin embargo, para desagrado de las autoridades, los habitantes de Temaca piensan, sienten, saben y se organizan. Quieren a su terruño, la tierra que los mira y que siempre los ha mirado. La lucha que dan es por amor: aman a su pueblo y desean que se mantenga en pie, que no se muera, que no quede sepultado por las aguas que llenarán las tuberías de las industrias leonesas, mientras ellos…, ellos son reubicados en lugar infértil y alejado de sus raíces. Mutilados, pues.

domingo, 17 de agosto de 2008

Jorge Gómez Naredo :: El cinismo de los de arriba ::

JORGE GÓMEZ NAREDO

El cinismo de los de arriba

Mucho cinismo, demasiado cinismo, un montón de cinismo. El gobernador, los jefes de los partidos políticos y la elite del empresariado jalisciense hablan en nombre de la sociedad, del pueblo, de la gente, del bien del estado: juntos defendiendo lo que beneficiará a la entidad. Pero todo es cinismo, demasiado cinismo, un montón de cinismo.

Emilio González Márquez decidió presentar ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación una controversia constitucional contra la reforma electoral del estado de Jalisco. Y lo hizo, dijo, por el bien de la sociedad, porque él “escucha los reclamos ciudadanos que exigen un manejo eficiente del gasto, y porque debemos hacer que esta administración pública se oriente, cada vez más, a criterios y reglas de austeridad”. Eso mencionó, eso argumentó, eso concluyó. Pero la realidad lo desmiente. El gobierno que encabeza se ha caracterizado por infinidad de pifias y por el despilfarro de los recursos públicos: pingues donaciones a Televisa, TV Azteca y a la Arquidiócesis de Guadalajara, gatos excesivos, sueldos millonarios para la alta burocracia, viajes al extranjero, etcétera. ¿Dónde está la austeridad? Mucho cinismo, demasiado cinismo, un montón de cinismo.

González Márquez ni escucha ni ve “los reclamos ciudadanos”. Ahí están los pobladores de Temacapulín que dicen no a la construcción de la presa El Zapotillo, que reclaman y reclaman y nunca son escuchados. También diversas organizaciones ciudadanas han mostrado su inconformidad hacia las actitudes autoritarias del gobernador, y éste: calla, no escucha. ¿Dónde queda, pues, la sensibilidad hacia “los reclamos ciudadanos”? ¿No será que el gobernador entiende como ciudadanía sólo y exclusivamente a unos cuantos empresarios?

Los partidos políticos están en crisis, de ello no cabe duda. Se supone que fungen como vías por los cuales la gente puede acceder a diversos cargos de representación popular, pero esto no pasa. Se alejan cada día más de los piensos ciudadanos, de lo que quiere y desea el pueblo. Esta crisis, sin embargo, no les impide buscar mayores recursos económicos y defenderlos con tesón y ahínco, ese mismo tesón y ese mismo ahínco que les falta cuando se trata de defender los intereses supremos del pueblo. Los líderes de los partidos políticos se dicen cercanos a la gente: hablan y hablan y en sus discursos ensalzan a la gente, la representan, tienen un compromiso con ella. Mucho cinismo, demasiado cinismo, un montón de cinismo.

Los miembros de la elite empresarial jalisciense también se dicen representantes de la sociedad. Ellos son los ciudadanos, ellos luchan por las causas justas y ellos tienen el derecho a ser escuchados y siempre tomados en cuenta por las autoridades. Hablan de democracia y de justicia, de honestidad y de lucha contra la corrupción. Se inconforman contra la ley electoral que aumenta el presupuesto a los partidos políticos, pero no mencionan palabra alguna cuando se sabe que ellos, los honestos entre los más honestos, reciben como “subsidios” borbotones de dinero de las arcas públicas.

Pablo Lemus, líder de la Coparmex Jalisco, al conocer la decisión de González Márquez de interponer una controversia constitucional contra la ley electoral del estado, declaró: “El señor gobernador ha decidido jugar en la cancha de los ciudadanos y no de los partidos políticos. El gobernador se dio cuenta de las graves afectaciones que tenía esta reforma electoral, que a todas luces va en contra del espíritu democrático de la reforma electoral federal, al tener graves afectaciones en el presupuesto estatal, dando mayores recursos para los partidos políticos, [lo] que definitivamente descuidaría los proyectos productivos y sociales del estado”. Sí, ellos, la elite empresarial, un bastión en la defensa de la democracia. Ellos, que no observaron ninguna irregularidad en el proceso electoral fraudulento de 2006 y que cada tres años invierten dinero en candidatos para, cuando éstos accedan al poder, tengan un trato preferencial (digamos, de gente bien, de gente VIP). Ellos, los demócratas. Mucho cinismo, demasiado cinismo, un montón de cinismo.

La elite jalisciense (la empresarial y la política) está en guerra. Pero una guerra interna, entre ellos mismos. Todos se dicen representantes de la sociedad, todos argumentan actuar por el bien de la gente, del pueblo. Sin embargo, nunca le preguntan a la sociedad su parecer: qué piensa, qué quiere, qué desea. Claramente, los de arriba demuestran mucho cinismo, demasiado cinismo, un montón de cinismo.

jorge_naredo@yahoo.com

sábado, 16 de agosto de 2008

Jorge Gómez Naredo -Opinión-


JORGE GÓMEZ NAREDO

Una telenovela de controversia y tema electoral

Jalisco se ha convertido en escenario de una telenovela donde varios actores se diputan el papel principal. Todos salen a escena, gritan, quieren atención, desean establecer su preponderancia, decir, ufanos: “aquí yo mando”. Al primer actor se le conoce como “poder legislativo” o “Congreso”, el cual está conformador por diputados que elaboraron un reforma electoral donde desviaron (legalmente, claro está) millones de pesos a los partidos políticos. El segundo, pletórico de “gente bien”, podría denominarse el “club del progreso y el bienestar económicos”. Está conformado por un empresariado que amenaza con irse de Jalisco si se aprueban las modificaciones hechas por el poder legislativo. En un arranque de furia (y de sinceridad), dicho actor reclamó a su subordinado su incapacidad para poner orden en la casa. El tercer histrión, protagonizado por Emilio González Márquez, un día dice sí y el otro no. Este cambio de ideas quizá se deba a que todas las decisiones que toma están regidas por “la luz de la ética” y el deber con su “conciencia”.

El problema surgió cuando el poder legislativo decidió aprobar una ley que incrementó en 253 millones de pesos anuales los ya pingues presupuestos de los organismos políticos. Los miembros de la élite empresarial jalisciense dijeron no, declararon no, decidieron que no. Convertidos rauda e inconcebiblemente en luchadores sociales, “llamaron a la sociedad” a acompañarlos en la batalla para impedir el atraco a las arcas públicas. Este desenfreno justiciero fue matizado, prontamente, al saberse que esos ínclitos personajes de la vida económica, que tanto bien le hacen al pueblo, recibían de las mismas arcas públicas más de 200 millones de pesos en “subsidios”. Dicho dato no los inmutó. Como adalides de la honestidad y la equidad prosiguieron su lucha con ahínco.

Emilio González Márquez, el tercer actor, ha querido por todos los medios posibles congraciar al empresariado. Primero intentó vetar la ley y su falta de capacidad se lo impidió. Se enemistó con el Congreso, pero decidió establecer una tregua: como en las batallas épicas, llamó a la concordia, a la paz y la reconciliación, y ya entrado en amor (murmuraron las malas lenguas en su momento), cabildeó la creación de nuevas plazas a cambio de apoyar la aplicación de la millonaria reforma electoral. Por este rumor hasta se enemistó con el segundo actor, el empresariado, en especial con uno de sus líderes, Pablo Lemus. En un arranque de lacrimosa ternura, reclamó González Márquez: “¿En dónde está su amor al estado y su deseo de generar empleo aquí, para los jaliscienses? No, yo no me dejo presionar. ¡Pablo Lemus miente!”.

Sin embargo, dos días después, en el clímax de esta historia llena de congojas, el gobernador decidió siempre sí entablar la controversia constitucional, ya que, “estoy empeñado en hacer las cosas correctas, dentro de nuestras capacidades, y siempre sin desviarnos de los principios y valores que debe tener el servicio público”. Así pues, el empresariado logró su objetivo: el subordinado cumplió las órdenes.

Esta historia de telenovela sucede en Jalisco, y los actores están muy bien delimitados. Cada uno quiere preponderancia y mandar al otro. Por un lado, el Congreso, que no representa a la sociedad, sino a las élites de los partidos políticos. Por otro, el empresariado, que invierte cada tres años en las campañas electorales de sus nuevos subordinados y eso, piensa, le da derecho a ordenar. Por último, aparece González Márquez, que juega al sí y al no. No sabe qué hacer y cuando se decide a hacer algo, lo hace mal y a destiempo.

La cuestión aquí es preguntarse, ¿el pueblo de Jalisco, dónde queda?, ¿dónde la sociedad que dicen representar los diputados y el gobernador? González Márquez acata las ordenanzas de un empresariado voraz. A ellos sí hace caso, a ellos sí escucha, a ellos sí los ve. La mayoría de los diputados en el Congreso obedecen los mandatos de sus líderes partidarios y los defienden a capa y espada. Lo que verdaderamente demuestra este conflicto digno de cualquier telenovela es el fracaso de la democracia representativa en el estado. Porque, la sociedad, el pueblo, la gente de a pie, ¿dónde queda?, ¿dónde está su opinión sobre un tema tan importante como una reforma electoral y de participación ciudadana?, ¿dónde?

domingo, 10 de agosto de 2008

Jorge Gómez Naredo Delincuencia y secuestros: problemas de fondo



JORGE GÓMEZ NAREDO

Delincuencia y secuestros: problemas de fondo

Felipe Calderón ha decidido aumentar las penas a quienes secuestran. Serán castigados con cadena perpetua. No setenta ni ochenta ni cien años. No. ¡Cadena perpetua! Así de simple. Quien habita en Los Pinos lo anunció días después de haberse dado un inusitado seguimiento periodístico al secuestro y asesinato del joven Fernando Martí Haik, hijo de un acaudalado empresario dueño de tiendas deportivas.

Quienes maten o mutilen al secuestrar, quienes rapten menores de edad o quienes siendo policías se enrolen en las filas de los secuestradores, serán castigados con cadena perpetua. Ya nunca saldrán de la cárcel. Eso dijo Calderón, eso prometió, eso intenta. Pero, ¿será una medida efectiva? En las pantallas de televisión, en muchas radiodifusoras y en varios periódicos, los siempre aplaudidores de las medidas gubernamentales han dado apoyo a la decisión del panista.

Sin embargo, habría que reflexionar y observar muchas aristas en todo lo referente a la inseguridad. Para los grandes empresarios, políticos de “realce” y demás miembros de la élite mexicana, la delincuencia tiene como componente principal el secuestro porque ellos son el blanco. Si bien es cierto también los clase medieros (e incluso los estratos populares) han comenzado a sufrir los estragos del secuestro, los ricos de este país son los que tienen mayor posibilidad de sufrir uno. Por eso llevan escoltas, viajan siempre con preocupación y asistir a un evento se convierte en una odisea. Algunos se compran helicópteros para sentirse más seguros y sus hogares tienen son vigiladas como si fueran sucursales de la Casa Blanca. Cuando una organización delictiva secuestra a un miembro de una familia (política y/o económicamente) poderosa, los gobernantes se ponen a temblar: los reclamos serán muchos y deben ser escuchados.

La medida pretendida por Felipe Calderón, es decir, cadena perpetua a secuestradores, fue más una estrategia mediática que una acción efectiva y eficaz. Actualmente las penas por secuestro varían de 30 a 60 años. Si a ellas se les agregan más delitos o agravantes, se puede dar el caso de un delincuente sentenciado a 70 años de cárcel. Es decir, una cadena perpetua. Eso para los secuestradores y también para algunos luchadores sociales, como los líderes del pueblo de San Salvador Atenco, quienes fueron sentenciados injustamente a más de 60 años de reclusión.

A diario, decenas de mexicanos muere debido a la inseguridad y la violencia. Asesinatos, robos, extorsiones, etcétera. Esas cifras siempre pasan desapercibidas en los discursos oficiales y en las pantallas de televisión. Pero cuando sucede algo a un potentado, los medios de comunicación y los políticos dicen “basta” y espetan un “hasta aquí”. ¿Por qué vale más el hijo de un empresario que el hijo de un obrero? Si se habla de delincuencia que se hable de toda la delincuencia, de la que afecta a los ricos y a los pobres, de la que lacera al trabajador y al gerente. De toda.

Ahora bien, ¿por qué la seguridad no es un asunto netamente punitivo? La actual administración piensa que con mayores penas y más años en la cárcel los delincuentes no actuarán. Es un absurdo. La delincuencia existe porque hay pobreza, porque hay carestía, por las grandes desigualdades económicas y porque no hay trabajo, no hay dinero. Las opciones de miles de mexicanos ante el fracaso económico nacional son la migración y la delincuencia (sea ésta relacionada con el tráfico de drogas o con otra actividad ilícita). Si no se ataca la carestía, si no se da trabajo digno y si la desigualdad económica continúa agrandándose, la delincuencia persistirá.

El ex senador y actual coordinador de la bancada priísta en la Cámara de Diputados, Emilio Gamboa Patrón, abogó, a título personal, por la pena de muerte a secuestradores. Poco se discute, sin embargo, la corrupción, los bajos salarios de las policías y las fallas del sistema judicial mexicano. Si estos problemas no se resuelven, tampoco habrá resultados positivos en el combate a la delincuencia.

La cadena perpetua o una improbable pena de muerte no son soluciones a la descomposición social. Lo que se necesita es mejorar la calidad de vida de los mexicanos y erradicar la insultante desigualdad económica en el país. Si no existe una política eficaz para solucionar estos lastres, la delincuencia continuará, al igual que la migración de miles de connacionales hacia Estados Unidos. Sin embargo, a Felipe Calderón, que llegó al poder gracias a un fraude electoral, no se le ven capacidades para enfrentar tan graves conflictos que están, incluso, exasperando a quienes lo impusieron en la Presidencia.

jorge_naredo@yahoo.com

jueves, 7 de agosto de 2008

Juan Carlos G. Partida -Opinion-

Agora

JUAN CARLOS G. PARTIDA

Piñatas, El Pinto y el Cisen

San Agustín, municipio de Jamay, domingo 3 de agosto, 20:30 horas. Una fiesta infantil típica en esta ranchería, con piñatas, pastel y muchos niños, se ve remecida por el paso raudo de cuatro patrullas de la policía, tres de ellas de Ocotlán y la otra de Jamay. Las madres y los padres, aterrorizados ante el convoy que sin encender torretas o sirenas pasa a un lado de la fiesta, corren a resguardar a sus niños. Ante el abuso policial, uno de los presentes increpa a los tripulantes al paso del último vehículo: “Eita, hay niñooos…”, grita. Frenazo con secuela de caucho en el camino, reversa inmediata, uniformados con el ceño enjuto: “¿Qué dijiste?”, escupe desde el interior de la patrulla un policía a los enfiestados con cara ahora lúgubre, mientras desciende del vehículo arremangándose, dejando la pistola adentro porque a mano limpia también presume que las puede. Los aludidos unen voces y reclaman, con comedimiento; los otros policías bajan también, mientras la tercera patrulla que pasó regresa al lugar en apoyo de sus compañeros. El reclamo colectivo enfurece a los uniformados, uno de ellos saca su botella de gas contra tumultos y esparce su picante aroma entre nubes rojizas, al menos diez personas padecen los estragos de la fórmula química, varios son niños, dos más de los endomingados sufren puntapiés. Los policías se retiran hacia su objetivo original después de aquietar a los irreverentes, la fiesta termina entre llanto de niños y lágrimas de flagelo de los adultos.

Relegado al puesto de director operativo tras la más fuerte recomendación que ha emitido la Comisión Estatal de Derechos Humanos este año, el ex titular de la Policía de Ocotlán, Filiberto Ortiz, El Pinto, no ha podido caminar con esa piedra entre sus botitas desde que públicamente lo degradaron. Es el poder tras el trono y nada hacen sus “rurales” de negro sin su consentimiento; pero eso no es suficiente, es injusto que él haya disminuido los índices delictivos no sólo de Ocotlán sino de municipios vecinos –así sea a base de intimidación y tortura documentada– y otro se lleve la gloria. Su enojo por lo sucedido es más evidente cuando ha tenido que acudir a las oficinas de la CEDHJ a entregar documentación probatoria de sus poco ortodoxas técnicas de investigación; nomás verlo llegar con su inconfundible estampa, remece a quienes se lo topan. Ahora el comandante tan menudo como picudo está por regresar al cargo y a la gloria que tanto extraña, apoyado por su amigo el alcalde Absalón García, quien también fue su jefe hace dos años como subsecretario de Asuntos del Interior.

Una fuente de la Policía del Estado confirma que el “apoyo” de policías ocotlenses a eventos en municipios aledaños, es consuetudinario. El Pinto trabajó ahí por varios años, llegó a ser comandante en el pasado sexenio, donde sus artes florecieron regadas por las aguas fascistoides de exexFRA cuando todavía era sólo FRA(nco). A fines de mayo de 2004, su mal de vitiligo se convirtió en pesadilla para los altermundistas encerrados y torturados en el marco de la Cumbre de Jefes de Estado. La misma fuente dice que El Pinto, como Felipe de Jesús Gallo Gutiérrez (quien se fue a ofrecer sus ser-vicios a otro lugar del país), trabaja y cobra en el Cisen, de ahí que no puede ser removido de su labor en Ocotlán, región donde por lo demás florecen regadas por las aguas del olvido gubernamental, los movimientos de resistencia campesina más organizados de Jalisco.

Coincido en sentido inversamente proporcional con lo que dijo el gobernador ayer respecto a la actuación de las policías en el estado: “Jalisco se cuece aparte”. Con quienes no coincido en sentido alguno es con aquellos que usan las tribunas a su disposición para, ante la escalada de violencia y la virulencia de algunos delincuentes, comienzan a traer al tema la pena de muerte como solución.

Segundo piso

¿Qué dirían José Clemente Orozco, Gabriel Flores o el Doctor Atl si hubieran imaginado que algún día compartirían, por los siglos de los siglos, la cercanía de personajes como Heliodoro Hernández Loza o Francisco Silva Romero? Tal vez habrían dejado la instrucción expresa de que sus restos mejor fueran echados al viento, o que su familia lo impidiera, como es el caso de la de Juan Rulfo, que se ha negado en forma permanente a aceptar la muchas veces escuchada propuesta de trasladarlo desde la capital del país al que supuestamente es el más importante mausoleo de Jalisco.

El artículo 2 de la ley para honrar la memoria de los jaliscienses ilustres es claro sobre los personajes cuyos restos mortales son susceptibles de ser depositados en alguno de los 98 nichos dentro del anillo de cantera sostenido por 17 columnas estriadas que fue hecho para tal fin en el centro de Guadalajara: actos heroicos en defensa de la patria, su labor de estadistas, investigación científica, docente o literaria, por la producción de obras en las bellas artes, por su desinteresada contribución patrimonial a obras de asistencia pública o “por cualesquiera otros actos extraordinarios que hayan sido ejecutados para el bien del estado, de la nación o de la humanidad en general”.

Yo no creo que esos líderes sindicales que se hicieron millonarios desde que en los años 30 integraron las hasta hoy corporativistas centrales obreras, la CTM y la CROC, que desde entonces y tras expulsar a los “izquierdosos” de sus filas se han dedicado a lustrarle las botas a los gobiernos en turno a cambio de prebendas particulares, o a exprimir a sus afiliados con cuotas que siguen sin transparentar ocho años después de iniciado el siglo XXI.

La puntada de Rafael Yerena de querer que este par de dos llegue a la Rotonda, en la que ha insistido desde el año pasado, no pasaría de eso si Emilio El Conciliador hubiera hecho ayer como le ha hecho con muchas peticiones de la sociedad: ignorarla. Pero no, el gobernador, con su alta visión de estadista, quiere que estos domesticadores del movimiento laboral, que fueron activos en la transición del PLM al PNR, del PRM al PRI, y que no alcanzaron a llegar al PAN porque si no también habrían trabajado para ellos –labor que ahora hacen sus herederos políticos–, salgan de sus fastuosas tumbas particulares para compartir un espacio donde ya hay muchos que no deberían estar ahí.

“Hemos contado con la voluntad política del gobernador para que en la petición nos apoye al Congreso del Estado para que los señores diputados aprueben la posibilidad, que seguro estoy que así será, del traslado de los restos de don Pancho y de don Helio a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres”, dijo Rafael Yerena Zambrano antes de prenderle una veladora a Fidel Velázquez para pedir también su intermediación.

Y El Conciliador respondió: “De cara a esta reconciliación con nuestro pasado, es justo reconocer el trabajo de don Heliodoro, el trabajo de don Francisco, que ellos nos pusieron una muestra, en aquellos años, trabajando muy de cerca, como grandes mexicanos, con otro gran mexicano, con Efraín González Luna, que les espera ya en la Rotonda”.

¡Ajúa! Esas sí son alianzas, lo malo es que con tanto advenedizo habrá que construirle pronto un segundo piso a la Rotonda.

garciapartida@yahoo.com.mx